"Cuando quieres algo, todo el Universo conspira para que realices tu deseo."
El Alquimista, Paulo Coelho

lunes, 18 de septiembre de 2023

Dímelo y dime que no es verdad

Dime que no sonreíste aquella tarde. Dime que al subirme al coche no sentiste nada. Dime que esperabas que todo iba a ser como fue.

Dime que no te volvías loco cuando acariciaba tu nuca mientras conducías. Dime que no. Dime que cuando quitabas la mano del volante para ponerla en mi rodilla no sentías mi electricidad.

Dime que dentro de tu cama conmigo no sentimos el universo. Dime que no sentías estremecerse todo mi cuerpo cada vez que estabas dentro. Dímelo. Y dime que no te gustó.

Dime que todo lo que nos contamos se lo hemos contado a cualquiera. Dime que conmigo te has abierto porque así eres tú. Dímelo.

Dime que cada vez que me pedías un beso lo hacías por obligación. Dime que ninguno de ellos te removió el interior. Dime que no nos electrocutaban. Dímelo.

Dime que no te gustaba cada vez que te mantenía la mirada, y te miraba con el deseo de tenerte para siempre. Dime que al cogerme de la mano no la apretabas para sentir el calor.

Dime que no te gusto. Dime que no he sido real. Dime que conmigo no has sido tú mismo. Dímelo.

Y ahora dime que nada es verdad.

viernes, 25 de septiembre de 2020

Mi voz

Quédate. Quédate así como estás. Déjame seguir acariciando la piel que me hace tiritar. 

-Estoy tan bien así, me quedaría aquí horas y horas.


Quédate entonces.

No puedo resistirlo y mis labios buscan tu hombro.


La luz de la tarde entra por la ventana.


Las cortinas vuelan de forma suave con la brisa. Y de la misma forma vuelan mil pensamientos por mi cabeza. Quiero decirte tantas cosas que mi voz no sabe ordenarlas. Millones de mariposas aletean en mi interior. Pero mi voz no sabe hablar.

Tiemblo solo de pensar en que es la primera vez que voy a decir esto. Pero debo decirlo. Quiero decirlo y mi voz decide no salir. Mi boca no articula y no suenan las palabras. 

Te pones en pie y coges la ropa. Con la despedida apresurándose la adrenalina enciende mi conciencia.


-Me gustas, quiero que lo sepas- digo con la voz entrecortada y con las pupilas temblando.

-Y tú a mí, pero estoy en una situación complicada- contestas casi sin pensar mientras empiezas a vestirte. 

-Lo sé. Pero es importante para mí que lo sepas, quiero hablarte con sinceridad.


Me miras con esos ojos que me derriten y dibujas una sonrisa en tu cara. 

Mi voz ya ha llenado la habitación. Ya no tengo nada más que decirte.


La luz de la tarde entra por la ventana. Los tejados de Madrid empiezan a teñirse de ocre con el ocaso.


Quédate. Quédate solo un poco más y te prometo que mi voz no volverá a nombrarte nunca más.

lunes, 9 de marzo de 2020

Todas las cosas que perdimos en primavera

Soy fuerte. O no. Creo que lo soy y me lo digo. Pero dentro de mí en algún rincón oscuro donde no puedo llegar, en un escondite que no consigo encontrar, hay algo que me hace caer. Y la fortaleza que creo que he construido se derrumba. Se derrumba igual que un castillo de barajas con una suave brisa. Se hunde igual que un barco de papel en una corriente.
Esa voz escondida se hace oír más de lo que me gustaría. Aparece cuando la fortaleza está a punto del incendio. Aparece y grita un domingo por la tarde. Grita muy fuerte cuando siento la soledad abalanzarse sobre mí. Es pequeña y está escondida, pero es horrible sentirla hacerse más y más grande. Me aplasta. Me aplasta desde dentro. Me oprime el pecho y el estómago. Me golpea la cabeza y la conciencia. Hace flotar inseguridades, hace flotar preguntas que me golpean. Y me golpean la voluntad.

Y entre todo lo que surge en la debilidad, estás tú.

Todo en el segundo invierno en Madrid. El frío calaba los huesos y helaba las pestañas. Cuando miré hacia el nombre de la calle y leí el de algún torero te oí preguntarme hacia donde miraba. Y miré hacia ti. Eras tú. La primera vez que nos veíamos. Un año después de haber intercambiado mensajes, estaba delante de ti. Y ahí comenzaron las cenas, los cines y los paseos. Más mensajes y llamadas.

Y ahora que no he conseguido olvidarte sigues volando en mi cabeza. Sigue flotando aquella acuarela que pinté, y que en aquel momento de rabia rompí en cien trocitos de papel.

La voz escondida me recuerda que quise respirar cada centímetro de tu piel. Que quise embriagarme de tu perfume. Quise saciar toda esa sed, quise dormir en la luz de las farolas reflejada en tus ojos. Quise ir contigo donde el viento da la vuelta y girar y volar. Beber contigo el aire y la luz. Y bailar. 

Bailar como aquella tarde en tu casa.

Aquella tarde cuando volvimos de ver tu película favorita. Y de comer en aquel restaurante en aquella callejuela. Y después de bailar me invitaste a cenar. Me hice el sorprendido cuando al salir del restaurante a la noche de Madrid dijiste: “¿Quieres subir a casa?”. Mi corazón se puso a correr, mi mente a volar y mis ojos a brillar. Me cogiste para llevarme al dormitorio y me abrazaste durante toda la noche.

Pero un día no conseguí descifrar tus miradas en el vagón. Parecías querer decir algo pero tener miedo. O querer memorizar hasta la última de mis pecas. Tu mente ya sabía el desenlace. La mía tiritaba acelerada.

Pasaron los meses, y supe más de ti. La voz gritaba y gritaba. Y bailaba cuando me acostaba y me despertaba con lágrimas en los ojos. Se hacía grande casi todos los días.

Tanto gritaba, que aquella noche de verano cuando nos cruzamos casi me arranca el corazón del pecho. La voz siempre me relatará aquella noche. Me describirá el color de mi pelo, contará las rayas de mi camisa y me recordará que te vi con alguien de la mano.

La voz me repetirá una y otra vez que lo volvimos a intentar. Que volvimos a intercambiar mensajes y fotos casi un año después. Y que volvimos a cenar sushi y a prometernos planes que nunca vieron la luz.

La voz me recordará una y otra vez cuantas cosas perdimos. 

Perdimos el viento en la cara, los pétalos de los cerezos y los almendros y las tardes anaranjadas. 
Perdimos la lluvia en los tejados, el césped en la espalda y Velázquez en El Prado.
Perdimos un menade, mil anocheceres, un musical y 1917.
Perdimos tus manos en mis manos, una película italiana y el aire en la cara. Un proyecto del verano y otros otoños.
Perdimos tus labios en mis labios, el verde de los parques y canciones en la radio. 
Perdimos paseos de la mano, noches entre las sábanas y besos en la nuca.

Y la voz que se esconde, que se regocija en un rincón inalcanzable, que grita cuando estoy débil, que se pasea arañándome por dentro, esa voz siempre me recordará que todas las cosas las perdimos en primavera.

martes, 10 de abril de 2018

Cuando llegue mañana


Siento la presión en el pecho. Sé que el corazón sigue latiendo, pero lo hace en un agujero donde hace unos meses encendiste una luz.
Siento los ojos llenos de lágrimas. Quieren salir con la fuerza del mar, pero sólo lo consiguen en momentos de debilidad, cuando mi mente no está ocupada y vuelve volando sin pensar a ti.
Siento que tomaste una mala decisión, y siento que no fui lo suficientemente fuerte para enseñarte que quería hacerte feliz.
Y siento que ahora es demasiado tarde y que, si por mí hubiera sido, cada 8 de abril sería una fecha que señalar en el calendario.

Cuando llegue mañana nos daremos cuenta de que los dos hemos perdido.
Que cuando llegue mañana echarás de menos cómo me brillaban los ojos cada vez que me mirabas.
Puede que cuando llegue mañana sea demasiado tarde. O puede que no.

Lo descubriremos cuando llegue mañana.

sábado, 24 de marzo de 2018

Valiente

Te propongo un juego. Podemos ganar o perder. Ganar mucho, o perder mucho más. Juguemos a ser valientes. A mí me toca ser valiente con el tiempo y el espacio. A ti te toca ser valiente con el riesgo. Parece fácil, ¿verdad? Es sencillo. En mi turno la valentía se medirá en paciencia y en distancia, pero distancia corta, por favor. Me gusta jugar con sutileza, pero con gestos visibles. En el tuyo se considerará valiente todo aquello que salga de repente. 
El comienzo del juego es sencillo y como digo lo único que tenemos que hacer es ser valientes y dejarnos llevar. A medida que se va avanzando en el juego, las reglas van desapareciendo pero aparecen los retos. 
Te reto a un beso, a un susurro en la oreja y a una caricia en la espalda. Te reto a un plan inesperado, a una rosa roja. Te reto a perdernos en las sábanas, a un viaje inesperado y a una visita sorpresa. A un "te recojo al salir", "qué bien te queda esa camisa" o "estás muy guapo esta noche". A una patada bajo la mesa, a cogernos de la mano por la calle, a bailar bajo la lluvia y a correr en la playa. El juego de los valientes llega hasta donde queramos pero se gana mientras se juega. Yo gano contigo y tú ganas conmigo. A mí el juego me parece interesante. Hay casillas buenas y casillas malas. Pero nada que no se pueda superar, es un juego, recuerda.

Y si solo se gana, preguntarás que quién pierde. Pues se pierde en la despedida. Yo pierdo sin ti y tú pierdes sin mí. Se pierde mucho. Perdemos mucho si nos dejamos vencer por la cobardía.

Como no quiero ser un cobarde y perder, no pretendo despedirme, así que ¿quieres ser valiente conmigo?

domingo, 25 de febrero de 2018

Tres segundos

Hace frío pero la calle está llena de gente paseando. En la oscuridad de la noche bañada por la luz de las farolas se ve el vapor de las bocas respirando. Bufandas al aire, manos en los bolsillos y manos,  cogidas a otras manos.

Una mirada helada a través de unas gafas de color marrón se detiene en la mía. Unos ojos grises que me envuelven y revuelven mi mente inmersa en alguna canción de mis auriculares. 
Todo se detiene. Siento que la música se apaga y la gente a mi alrededor desaparece. 
A medida que nos vamos acercando tus ojos comienzan a bajar mientras los míos suben, como si fuese imposible dejar de mirarnos. Algo nos hace imposible evitarnos la mirada. Pasas a mi lado y nuestras pupilas siguen mirándose.

Nos cruzamos. No quiero darme la vuelta para seguir mirándote. Pero lo hago. A los tres segundos. Me giro. Pero ha sido demasiado tarde porque en vez de volver a ver ese tono gris a través de las gafas color marrón, lo único que veo es cómo vuelves a girar la cabeza hacia delante.

Porque tú sí diste la vuelta a tiempo.

martes, 23 de enero de 2018

Otoño

Llegó el otoño.

Llegó el otoño formando una alfombra ocre en las aceras.
El frío helado llegó para congelarlo todo. Y congeló todo menos tu mirada. 
Tu mirada cálida que me hipnotiza, me hunde en el mar como un remolino e ilumina el fondo como una hoguera.

Llegó el otoño.

Y nos pilló abrazados
Y pilló a mis pestañas enredadas en tus pestañas.
A mis labios fundidos con tus labios. 
Y nos pilló a ti y a mí perdidos en mis sábanas.