El reloj de la estacion marcaba las doce menos cinco. Se encendió el motor del tren.
-¡Pasajeros al tren!- gritó un hombre con gorra y uniforme.
Se cogieron de las manos. Sus miradas se encontraron. El viento hacía volar las hojas secas de los árboles.
Pasajeros empezaron a subir a sus respectivos vagones.
No se dijeron nada. Todo estaba aclarado. Se fundieron en un beso. El tiempo se detuvo. Una lágrima cayó. Un tercer aviso cortó aquel momento. Se separaron. Cogió la maleta y se dirigió a la puerta del vagón.
Una vez hubo llegado a su asiento, abrió la ventana.
- Te quiero- dijo.
- Yo también, y siempre te querré.
El tren se puso en marcha. El vapor y el ruido de la locomotora inundaron todo el andén.
Empezó a correr al tiempo que el tren se alejaba de la estación. Ambos agitaban sus manos con tristeza. El viento hizo volar unas lágrimas. La bufanda salió de su cuello y cayó al suelo del andén.
Se agachó y la cogió.
Su olor estaba en aquella bufanda.
Aquella sería la última vez que se verían para siempre.
Por Jesús González Cuartero
"Cuando quieres algo, todo el Universo conspira para que realices tu deseo."
El Alquimista, Paulo Coelho
domingo, 25 de diciembre de 2011
miércoles, 14 de diciembre de 2011
domingo, 11 de diciembre de 2011
Noche tormentosa
Abrió los ojos sobresaltada y se incorporó en la cama. Un relámpago iluminó la habitación unos segundos. El viento golpeaba la ventana y la lluvia caía con fuerza. Sus cabellos caían sobre sus hombros. Las gotas de sudor corrian por su frente. Su respiración era entrecortada. Otro rayo quebró el cielo en la noche. Su querida gata saltó a la cama y se acomodó en el edredón.
Se puso la bata y las zapatillas precipitadamente. Salió de las sábanas con rapidez y cruzó la puerta de la habitación corriendo. Atravesó el pasillo en la oscuridad. Otro relámpago iluminó la estancia. La madera del suelo crujía bajo sus pies. Se detuvo. Subió su mirada. Tiró de un cordel que colgaba del techo y una escalerilla se extendió frente a sí. Se ató la bata y empezó a subir los peldaños.
Encendió una vela con una cerilla. Esperó hasta que sus pupilas se acomodaron a la tenue luz. Con dificultad fue caminando por el desván. Las telarañas se pegaban a su pelo. Se oía en algún lugar el sonido de una gota de agua cayendo rítmicamente. Llegó por fin a un bulto tapado con una sábana. Retiró con cautela el tejido y dejó al descubierto un viejo baúl. Agarró una llave que llevaba colgada al cuello y la introdujo en la cerradura del baúl.
El candado se abrió. Se le aceleró el pulso. Sus manos empezaron a temblar. Abrió el baúl. Un olor insoportable inundó la habitación.
Allí estaba. El tiempo causaba estragos en el corazón de su marido muerto.
Por Jesús González Cuartero
Se puso la bata y las zapatillas precipitadamente. Salió de las sábanas con rapidez y cruzó la puerta de la habitación corriendo. Atravesó el pasillo en la oscuridad. Otro relámpago iluminó la estancia. La madera del suelo crujía bajo sus pies. Se detuvo. Subió su mirada. Tiró de un cordel que colgaba del techo y una escalerilla se extendió frente a sí. Se ató la bata y empezó a subir los peldaños.
Encendió una vela con una cerilla. Esperó hasta que sus pupilas se acomodaron a la tenue luz. Con dificultad fue caminando por el desván. Las telarañas se pegaban a su pelo. Se oía en algún lugar el sonido de una gota de agua cayendo rítmicamente. Llegó por fin a un bulto tapado con una sábana. Retiró con cautela el tejido y dejó al descubierto un viejo baúl. Agarró una llave que llevaba colgada al cuello y la introdujo en la cerradura del baúl.
El candado se abrió. Se le aceleró el pulso. Sus manos empezaron a temblar. Abrió el baúl. Un olor insoportable inundó la habitación.
Allí estaba. El tiempo causaba estragos en el corazón de su marido muerto.
Por Jesús González Cuartero
miércoles, 23 de noviembre de 2011
lunes, 14 de noviembre de 2011
Acuarela
Dibujó con suavidad el último trazo del boceto. Los restos salidos del sacapuntas estaban por toda la mesa. La goma de borrar había dejado un rastro por todo el suelo. Pero por fin, el dibujo estaba terminado, solo le faltaba un poco de color.
Cogió del cajón su caja de acuarelas. Se notaba que estaba usado. Las manchas de colores se mezclaban por todos lados. Llenó un pequeño vaso con un poco de agua y mojó el pincel. Y así, comenzó una armonía de colores.
No importaba lo que estuviera pintando. Usó las tonalidades que quiso. Tiñó la luna de rojo, un rojo luminoso pero triste. Las estrellas no eran blancas ni amarillas, sino de otros colores, verdes, rosas, naranjas. ¿Qué más daba? Él era el que dibujaba.
El agua de la cascada caía hacia arriba, y no era azul ni de color transparente, era amarilla como el oro, brillaba cual rayo de sol. Y no eran peces lo que nadaba en ese agua, sino aves submarinas, que batían sus alas al ritmo del correr del agua. ¿Qué más daba? El dibujo era fruto de su imaginación.
En el cielo, las nubes tomaban tonos verde esmeralda. Un barco de vela volaba entre ellas. Sus velas lo llevaban hacia un castillo en el cielo. Un castillo de cristal. Llovía, pero no era agua lo que caía al suelo, sino perlas de nácar, que al tocar la hierba explotaban cual pompas de jabón. ¿Qué más daba? ¿No era él el que pintaba?
Y así, continuó con su acuarela. Deslizaba el pincel por todo el dibujo, sin importar qué colores utilizaba. Mezclaba y mezclaba, hasta alcanzar las tonalidades deseadas. Una vez estuvo acabado, lo cogió y lo observó. Sonrió. Tal como lo había imaginado. Allí estaba ante sus ojos de nuevo un fruto de su imaginación. Un dibujo que no entendía de realidad, ni de convencionalismos. ¿Qué más daba?
Por Jesús González Cuartero
Cogió del cajón su caja de acuarelas. Se notaba que estaba usado. Las manchas de colores se mezclaban por todos lados. Llenó un pequeño vaso con un poco de agua y mojó el pincel. Y así, comenzó una armonía de colores.
No importaba lo que estuviera pintando. Usó las tonalidades que quiso. Tiñó la luna de rojo, un rojo luminoso pero triste. Las estrellas no eran blancas ni amarillas, sino de otros colores, verdes, rosas, naranjas. ¿Qué más daba? Él era el que dibujaba.
El agua de la cascada caía hacia arriba, y no era azul ni de color transparente, era amarilla como el oro, brillaba cual rayo de sol. Y no eran peces lo que nadaba en ese agua, sino aves submarinas, que batían sus alas al ritmo del correr del agua. ¿Qué más daba? El dibujo era fruto de su imaginación.
En el cielo, las nubes tomaban tonos verde esmeralda. Un barco de vela volaba entre ellas. Sus velas lo llevaban hacia un castillo en el cielo. Un castillo de cristal. Llovía, pero no era agua lo que caía al suelo, sino perlas de nácar, que al tocar la hierba explotaban cual pompas de jabón. ¿Qué más daba? ¿No era él el que pintaba?
Y así, continuó con su acuarela. Deslizaba el pincel por todo el dibujo, sin importar qué colores utilizaba. Mezclaba y mezclaba, hasta alcanzar las tonalidades deseadas. Una vez estuvo acabado, lo cogió y lo observó. Sonrió. Tal como lo había imaginado. Allí estaba ante sus ojos de nuevo un fruto de su imaginación. Un dibujo que no entendía de realidad, ni de convencionalismos. ¿Qué más daba?
Por Jesús González Cuartero
martes, 8 de noviembre de 2011
Se acerca la hora de mi muerte.
Agarró la pluma que le regalaron por navidad. Colocó el papel sobre la madera de nogal del escritorio. Se acomodó en el sillón y empezó a escribir:
Querido yo:
Si, querido yo, te parecerá una tontería, pero así es. Escribo estas líneas porque se acerca la hora de mi muerte, y necesito explicarte muchas cosas de mi vida, de tu vida.
Siempre fuiste un chico alocado, aún recuerdo cuando echabas arena a los niños en la cabeza, si eras un capullo, pero eras un crío. No vuelvas a hacerlo. Cada vez que lo recuerdes se te escapará una sonrisa, pero te arrepentirás. Nunca se te ocurra volver a dejarle a tu compañero de mesa tu sacapuntas rojo, no te lo devolverá. El día de tu cumpleaños, sal el primero al patio corriendo y coge la rueda grande, te la mereces, pero compártela con tu amiga, ella te quiere mucho. Nunca se te ocurra apartarte de su lado, pues será un gran apoyo durante los peores años de tu vida. Llorarás a su lado, reirás a su lado, y claro que sí, te sentarás a su lado.
Disfruta el día que descubras quién son en realidad los Reyes Magos, pues no habrá otro día así y no merece la pena llorar por una tontería. Crece, algunas personas te harán madurar para bien, y otras, simplemente con sus actos o palabras te harán madurar a las malas, pero no los odies, simplemente, obvialos, es lo que en el fondo más les duele.
Si, te saldrán granos por toda la cara, pero déjalos ahí, en realidad, por más que te esfuerces, no conseguirás mas que marcas por toda la cara.
Disfruta tus años de instituto, aunque en las películas americanas pinta bien, aquí no lo es tanto, pero es algo que nunca olvidarás, igualmente, porque unos u otros te harán madurar, y esta vez, créeme, si es a las malas.
No riñas con tus hermanos, son para toda la vida, y aunque a veces no estéis de acuerdo, no es motivo para gritar ni gruñir. Simplemente, baja la voz y arregla el problema.
Apoya a tu amigo el día que te diga que la chica que le gusta le ha pedido noviazgo, vaya me ha quedado muy cursi, pero si, fue así de cursi, ¿lo recuerdas? Sois grandes amigos, y debes apoyarlo en todo lo que puedas. Y al tercero en discordia, apóyalo el mismo día, pues la decisión que tomará el otro no le sentará para nada bien. Pero no te preocupes, al final todo acabará bien.
Cuando acabes tu examen de selectividad, no le des más vueltas, ilea iacta est, y no sirve de nada calentarse la cabeza por tonterías. Elige bien tu carrera. Al principio te costará, pero tomarás la decisión adecuada.
Disfruta el verano de tu vida, no se cruza el charco todos los días, y te gustará tanto, que no podrás olvidarlo.
El primer día de universidad, relaciónate un poco anda, no me seas soso. Y el día que las veas, acércates y háblales, serán unas grandes amigas en las que siempre confiarás y también te apoyarán, y mucho. Apóyalas tu a ellas. Y a todos los demás, serán unos grandes amigos, que se sentarán detrás, o a un lado, o harás con ellos un trabajo, pero están ahí, y aunque no lo creas, su presencia se nota.
Y vuelve a disfrutar el segundo verano de tu vida. Conocerás a personas maravillosas que nunca creíste que fueran a querer conocerte, valórate un poco y no seas tan duro contigo mismo.
Y sobre todo, no te olvides de tus padres, de la bibliotecaria, de tu familia, de todos aquellos que compartieron contigo este camino que es la vida.
Atentamente, para mí.
Por Jesús González Cuartero
Dedicatoria: simplemente, os lo dedico a todos aquellos que os encontréis en estas palabras, que surgieron como ficción pero han acabado siendo algo más que eso.
Querido yo:
Si, querido yo, te parecerá una tontería, pero así es. Escribo estas líneas porque se acerca la hora de mi muerte, y necesito explicarte muchas cosas de mi vida, de tu vida.
Siempre fuiste un chico alocado, aún recuerdo cuando echabas arena a los niños en la cabeza, si eras un capullo, pero eras un crío. No vuelvas a hacerlo. Cada vez que lo recuerdes se te escapará una sonrisa, pero te arrepentirás. Nunca se te ocurra volver a dejarle a tu compañero de mesa tu sacapuntas rojo, no te lo devolverá. El día de tu cumpleaños, sal el primero al patio corriendo y coge la rueda grande, te la mereces, pero compártela con tu amiga, ella te quiere mucho. Nunca se te ocurra apartarte de su lado, pues será un gran apoyo durante los peores años de tu vida. Llorarás a su lado, reirás a su lado, y claro que sí, te sentarás a su lado.
Disfruta el día que descubras quién son en realidad los Reyes Magos, pues no habrá otro día así y no merece la pena llorar por una tontería. Crece, algunas personas te harán madurar para bien, y otras, simplemente con sus actos o palabras te harán madurar a las malas, pero no los odies, simplemente, obvialos, es lo que en el fondo más les duele.
Si, te saldrán granos por toda la cara, pero déjalos ahí, en realidad, por más que te esfuerces, no conseguirás mas que marcas por toda la cara.
Disfruta tus años de instituto, aunque en las películas americanas pinta bien, aquí no lo es tanto, pero es algo que nunca olvidarás, igualmente, porque unos u otros te harán madurar, y esta vez, créeme, si es a las malas.
No riñas con tus hermanos, son para toda la vida, y aunque a veces no estéis de acuerdo, no es motivo para gritar ni gruñir. Simplemente, baja la voz y arregla el problema.
Apoya a tu amigo el día que te diga que la chica que le gusta le ha pedido noviazgo, vaya me ha quedado muy cursi, pero si, fue así de cursi, ¿lo recuerdas? Sois grandes amigos, y debes apoyarlo en todo lo que puedas. Y al tercero en discordia, apóyalo el mismo día, pues la decisión que tomará el otro no le sentará para nada bien. Pero no te preocupes, al final todo acabará bien.
Cuando acabes tu examen de selectividad, no le des más vueltas, ilea iacta est, y no sirve de nada calentarse la cabeza por tonterías. Elige bien tu carrera. Al principio te costará, pero tomarás la decisión adecuada.
Disfruta el verano de tu vida, no se cruza el charco todos los días, y te gustará tanto, que no podrás olvidarlo.
El primer día de universidad, relaciónate un poco anda, no me seas soso. Y el día que las veas, acércates y háblales, serán unas grandes amigas en las que siempre confiarás y también te apoyarán, y mucho. Apóyalas tu a ellas. Y a todos los demás, serán unos grandes amigos, que se sentarán detrás, o a un lado, o harás con ellos un trabajo, pero están ahí, y aunque no lo creas, su presencia se nota.
Y vuelve a disfrutar el segundo verano de tu vida. Conocerás a personas maravillosas que nunca creíste que fueran a querer conocerte, valórate un poco y no seas tan duro contigo mismo.
Y sobre todo, no te olvides de tus padres, de la bibliotecaria, de tu familia, de todos aquellos que compartieron contigo este camino que es la vida.
Atentamente, para mí.
Por Jesús González Cuartero
Dedicatoria: simplemente, os lo dedico a todos aquellos que os encontréis en estas palabras, que surgieron como ficción pero han acabado siendo algo más que eso.
miércoles, 2 de noviembre de 2011
Serenata
Sonaron los últimos compases de la serenata. Los dedos acariciaban cada tecla con delicadeza. Cada nota acompañaba de manera armónica a la anterior. La melodía llegaba a su fin. El último silencio marcó el final de la composición. El pianista estiró sus manos.
Con delicadeza colocó el terciopelo rojo sobre las teclas del piano. Puso la tapa en su sitio. Colocó la banqueta debajo del teclado. Cerró el bastidor.
Salió del salón. La brisa marina acarició su tez. Poco faltaba ya para que asomasen los primeros rayos del sol.
Una figura salió. Andaba con sigilo. Sus pies descalzos pisaban con suavidad la madera. Se acercó al pianista. Puso su barbilla en su hombro. Le besó en la mejilla yse abrazaron con fuerza.
Se levantó un viento suave. El sol empezaba a asomar más allá del mar. Así, juntos, abrazados, compartieron otro amanecer.
Por Jesús González Cuartero
Con delicadeza colocó el terciopelo rojo sobre las teclas del piano. Puso la tapa en su sitio. Colocó la banqueta debajo del teclado. Cerró el bastidor.
Salió del salón. La brisa marina acarició su tez. Poco faltaba ya para que asomasen los primeros rayos del sol.
Una figura salió. Andaba con sigilo. Sus pies descalzos pisaban con suavidad la madera. Se acercó al pianista. Puso su barbilla en su hombro. Le besó en la mejilla yse abrazaron con fuerza.
Se levantó un viento suave. El sol empezaba a asomar más allá del mar. Así, juntos, abrazados, compartieron otro amanecer.
Por Jesús González Cuartero
domingo, 30 de octubre de 2011
Noches de brujas
La luna menguante tiene unos picos puntiagudos como agujas. Ya ha pinchado a mas de uno. Las farolas alumbran las calles con una luz lugubre y fria. Las calles guardan un silencio sepulcral. Los pasos de una persona andando sola provocan escalofrios.
Las serpientes se arrastran sobre su cuerpo por las calles, siseando al ritmo de su avance. Las sombras se deslizan por todas partes, oscureciendo y ennegreciendo todo a su paso. Nadie camina seguro. Los hombres lobo se ocultan bajo barbas pobladas. Caminan sigilosos con las manos en los bolsillos, para no mostrar sus uñas asesinas. Los vampiros lucen sonrisas resplandecientes. Una sola sonrisa y cualquier muchacha puede caer en sus brazos. Nadie esta seguro. Las brujas visten sus mejores ropas, y su tez es la envidia de muchas otras.
Y, ten cuidado, porque en cualquier esquina, puedes encontrar un charco de sangre, de alguien que ya ha caido en las redes.
Y es que, cualquier noche, puede ser una noche de brujas.
Por Jesus Gonzalez Cuartero
Las serpientes se arrastran sobre su cuerpo por las calles, siseando al ritmo de su avance. Las sombras se deslizan por todas partes, oscureciendo y ennegreciendo todo a su paso. Nadie camina seguro. Los hombres lobo se ocultan bajo barbas pobladas. Caminan sigilosos con las manos en los bolsillos, para no mostrar sus uñas asesinas. Los vampiros lucen sonrisas resplandecientes. Una sola sonrisa y cualquier muchacha puede caer en sus brazos. Nadie esta seguro. Las brujas visten sus mejores ropas, y su tez es la envidia de muchas otras.
Y, ten cuidado, porque en cualquier esquina, puedes encontrar un charco de sangre, de alguien que ya ha caido en las redes.
Y es que, cualquier noche, puede ser una noche de brujas.
Por Jesus Gonzalez Cuartero
viernes, 21 de octubre de 2011
martes, 18 de octubre de 2011
Nada
Empezó a sonar la melodía: "You were so young, and I guess I'm old"
Sus pasos sonaban lentos en la calle. La oscuridad se interrumpía por la luz de las farolas y los faros de los coches. La gente caminaba sumida en sus asuntos y problemas.
"I'll be wide awake. You'll be asleep"
Pisaba los charcos sin importarle cómo de mojadas iban sus zapatillas. El agua ya empapaba los calcetines y sus pies estaban helados. Pero ya nada importaba.
Las gotas de lluvia corrían por sus mejillas y maquillaban sus lágrimas. Su pelo también estaba empapado, y las gotas caían en su camiseta "As a one place we both know"
La gente se quedaba mirando. Alguna señora le ofreció un paraguas, pero sus oídos estaban sordos. Ya nada importaba.
Metió sus manos en los bolsillos del pantalón, que poco a poco también se mojaba con la lluvia. Los coches salpicaban algún charco. La noche cada vez estaba más oscura. El camino a casa cada vez era más corto.
Sacó las llaves. Abrió el portal. Subió las escaleras con la oscuridad en su compañía "We both loose our minds, to find a better road"
Pasó a su casa con sigilo, dejando huellas de agua por toda la tarima. Llegó a su habitación. Se tiró en la cama y comenzó a llorar. Ya nada importaba.
Por Jesús González Cuartero
Sus pasos sonaban lentos en la calle. La oscuridad se interrumpía por la luz de las farolas y los faros de los coches. La gente caminaba sumida en sus asuntos y problemas.
"I'll be wide awake. You'll be asleep"
Pisaba los charcos sin importarle cómo de mojadas iban sus zapatillas. El agua ya empapaba los calcetines y sus pies estaban helados. Pero ya nada importaba.
Las gotas de lluvia corrían por sus mejillas y maquillaban sus lágrimas. Su pelo también estaba empapado, y las gotas caían en su camiseta "As a one place we both know"
La gente se quedaba mirando. Alguna señora le ofreció un paraguas, pero sus oídos estaban sordos. Ya nada importaba.
Metió sus manos en los bolsillos del pantalón, que poco a poco también se mojaba con la lluvia. Los coches salpicaban algún charco. La noche cada vez estaba más oscura. El camino a casa cada vez era más corto.
Sacó las llaves. Abrió el portal. Subió las escaleras con la oscuridad en su compañía "We both loose our minds, to find a better road"
Pasó a su casa con sigilo, dejando huellas de agua por toda la tarima. Llegó a su habitación. Se tiró en la cama y comenzó a llorar. Ya nada importaba.
Por Jesús González Cuartero
domingo, 16 de octubre de 2011
Te esperaba
Paró a Russian Red. Cerró la pantalla de su portátil. Puso sus pies descalzos sobre la fría tarima y se levantó de la cama. Habló en voz alta y vio que estaba sola en casa. Cerró la puerta de su habitación.
Cerró los ojos. Se produjo un fuerte destello. Abrió los párpados.
La hierba le hacía cosquillas en los pies. Su melena suelta ondeaba con el viento. En el borde del acantilado había una figura sentada. Era él. Se acercó sigilosamente y lo abrazó. Le dio un beso en la mejilla.
-Te esperaba- contestó
Con un gesto de la mano, el chico avanzó hasta el atardecer.
Y allí, los dos sentados, abrazados, vieron un dia más como atardecía en su rincón favorito del mundo.
Por Jesús González Cuartero
Cerró los ojos. Se produjo un fuerte destello. Abrió los párpados.
La hierba le hacía cosquillas en los pies. Su melena suelta ondeaba con el viento. En el borde del acantilado había una figura sentada. Era él. Se acercó sigilosamente y lo abrazó. Le dio un beso en la mejilla.
-Te esperaba- contestó
Con un gesto de la mano, el chico avanzó hasta el atardecer.
Y allí, los dos sentados, abrazados, vieron un dia más como atardecía en su rincón favorito del mundo.
Por Jesús González Cuartero
sábado, 1 de octubre de 2011
Cadenas
-Solo quiero que sepas, que a pesar de todo el daño que me has hecho, estos años junto a ti han sido maravillosos. Y me alegro de haberlos compartido junto a ti. Hasta siempre.
Cheryl colgó el móvil. El agua del río corría tranquila bajo sus pies. Con delicadeza sacó colgada de su pecho una cadena de plata. De ella colgaba una pequeña llave. Se la quitó del cuello. Con la otra mano agarró el candado que juntos habían puesto en aquel puente años atrás, como en otros tantos cuentos de hadas. Sobre él, grabados su nombre y el de él. Un corazón y una fecha. Con la pequeña llave lo abrió. La cerradura estaba un poco oxidada, como su amor. Logró abrirlo. Lo volvió a cerrar. Enganchó la cadena al teléfono. Le dió un beso al candado. Y entonces, lanzó todo al río. Observó como todo se hundía, y con ello, esos años junto a su amor.
Así, sola. Cruzó el puente. Las manos en los bolsillos de su abrigo y la cabeza gacha. Pero ya no sufría.
De repente sintió una gran calma. No más candados en su corazón. Ahora era libre.
Por Jesús González Cuartero
Cheryl colgó el móvil. El agua del río corría tranquila bajo sus pies. Con delicadeza sacó colgada de su pecho una cadena de plata. De ella colgaba una pequeña llave. Se la quitó del cuello. Con la otra mano agarró el candado que juntos habían puesto en aquel puente años atrás, como en otros tantos cuentos de hadas. Sobre él, grabados su nombre y el de él. Un corazón y una fecha. Con la pequeña llave lo abrió. La cerradura estaba un poco oxidada, como su amor. Logró abrirlo. Lo volvió a cerrar. Enganchó la cadena al teléfono. Le dió un beso al candado. Y entonces, lanzó todo al río. Observó como todo se hundía, y con ello, esos años junto a su amor.
Así, sola. Cruzó el puente. Las manos en los bolsillos de su abrigo y la cabeza gacha. Pero ya no sufría.
De repente sintió una gran calma. No más candados en su corazón. Ahora era libre.
Por Jesús González Cuartero
viernes, 16 de septiembre de 2011
lunes, 12 de septiembre de 2011
jueves, 1 de septiembre de 2011
Pactos
-Mirala ahí tumbada. Respira tranquilamente. Su cara vuelve a recuperar el color. Mira sus labios, su piel, sus manos, las mismas que noche tras noche te han abrazado. Las mismas que sostienen a la criatura que duerme en la cuna cuando le da de comer. Su pelo, los cabellos que acariciabas antes de dormirte. Has hecho un buen pacto. Nunca sabra que fue ella la que caminó hacia mí. Y ahora, que irónico, eres tú el que está a mi lado, escuchando sus latidos y viendola dormir. Ven, debemos continuar. El camino es largo.
Puso su mano sobre mi hombro. Con la otra sostenía una guadaña. Poco a poco, nos alejamos de aquel cuarto. Mi cuerpo inerte yacía junto a mi mujer dormida.
Por Jesús González Cuartero
Puso su mano sobre mi hombro. Con la otra sostenía una guadaña. Poco a poco, nos alejamos de aquel cuarto. Mi cuerpo inerte yacía junto a mi mujer dormida.
Por Jesús González Cuartero
jueves, 11 de agosto de 2011
El Desierto en las Nubes
“…Y allí, al pasar las Estepas Sombrías, entre las Montañas de la Niebla, se encuentra una caverna laberíntica, y solamente, aquellos cuyos propósitos son verdaderos, lograrán encontrar la pared que da paso al Patio de la Luz. Y allí, en el centro del lugar, se alzan las más hermosas puertas jamás vistas en este mundo, unas puertas de oro y cristal, sostenidas por dos ángeles tallados en mármol más blanco que las perlas, con las alas abiertas, majestuosas. Y son las Puertas las que iluminan el lugar, pues son tan perfectas que su luz transmite paz y serenidad.
Y aquellos que consiguen cruzarlas, se encontrarán en el Desierto en las Nubes, un lugar donde el tiempo no existe, ni el dolor, ni el llanto, un lugar…”
Rebecca cerró el libro y lo dejó sobre la colcha. El libro parecía algo viejo. Sus tapas de piel estaban agrietadas y la inscripción que aparecía en la portada se encontraba un poco borrosa.
-¿El Desierto en las Nubes es real, abuelo?- preguntó Rebecca algo pensativa.Rebecca y su abuelo vivían en una pequeña cabaña en el Bosque Ocre. Los padres de la niña habían muerto tres años atrás, cuando ella tenía trece años, a causa de una infección que se propagó por la aldea en la que vivían. Por ese motivo, su abuelo, la única familia que le quedaba a Rebecca, decidió llevársela a vivir con ella a la casa del bosque.
-Claro que existe, lo has leído en el libro, ¿no?
-Sí pero no se- contestó Rebecca dudosa- ¿y cómo sabes que lo encontraremos?
Esta pregunta hizo pensar al hombre.
-Rebecca, tengo que decirte una cosa. Iré yo solo, yo ya soy viejo y tu solo tienes dieciséis años y toda una vida por delante. No quiero que me acompañes, porque, como bien has dicho, no sé si lo encontraré.
-Abuelo, yo te voy a acompañar a donde sea, porque te quiero y no quiero que te pase nada.
-Rebecca, escúchame, mañana, antes del amanecer me iré, y no quiero que abandones esta casa, tu hogar. Te quiero, mi nieta, que tengas dulces sueños.
Besó a la niña en la mejilla y la tapó con la colcha. Apagó la vela de un soplo y abandonó la habitación. Unas horas después, el abuelo cogió su zurrón ya cargado y con mucho sigilo acudió a la habitación de Rebecca. Dormía en su cama, acurrucada le lanzó un beso y guardó aquella imagen en su memoria.
-Te quiero- susurró.
Abandonó la cabaña y se adentró en el bosque. Entre los altos abetos se extendía una suave niebla. El rocío de la mañana se acumulaba en las hojas de los helechos, que cubrían el suelo como un denso manto. Las hojas caídas crujían como si estuviesen secas, pues el lugar estaba sumido en un sepulcral silencio. De vez en cuando se oía el aleteo de alguna lechuza y los pasos de algún ciervo. Y así, caminó hasta llegar a las lindes de las Estepas Sombrías. Al poner el primer pie en la arena de la Estepa, una pequeña polvareda se levantó, toda la humedad había desaparecido, y el sol, a pesar de estar a mitad de camino al mediodía, no iluminaba en su totalidad, pues las estepas absorbían la luz que llegaba. Anduvo durante horas, horas que parecieron eternas pues el agua que llevaba el hombre guardaba en su zurrón empezaba a agotarse. De vez en cuando, en alguna formación rocosa que proyectaba alguna sombra, el abuelo paraba a descansar. Y así llegó a las Montañas de la Niebla.El abuelo se adentró en ellas, atravesando una garganta. A ambos lados, dos paredes de piedra se elevaban dirigiendo al caminante por recovecos y giros, que cada vez hacían más estrecho el paso. Y entonces, el hombre se encontró en un cruce de caminos, sabiendo que allí, debería elegir por cuál ir hacia su destino. Cerró los ojos, pensando en su nieta, y en el Desierto y cuando volvió a abrirlos, para su sorpresa, el cruce había desaparecido. Ahora, ante él, se encontraba la abertura de la caverna. Sin dudarlo un segundo, entró en la cueva. Detrás de él, la cueva se cerró, y entonces, unas antorchas iluminaron el lugar.
Se extendía ante él una cámara. En sus paredes, ocho arcos de piedra. Se decidió por el tercero de ellos. Al momento, las luces bajaron su intensidad. Avanzó un poco más con pasos dudosos y entonces oyó el ruido de piedras moviéndose.Escuchó pasos y susurros. Empezó a asustarse. Aceleró el paso hasta casi correr. Le daba la sensación de no llegar a ninguna parte. Entonces, un grito quebró el silencio y después oyó con claridad:
-¿Abuelo?
-¿Rebecca?- contestó.
-Abuelo, ¿dónde estás?- preguntó asustada
Logró verla en la penumbra y corrió hacia ella y la abrazó.
-Te dije que no vinieras.
-Pero no quería que te pasara nada.
-Oh Rebecca…- y la abrazó otra vez- Creo que no lo conseguiremos
-Te equivocas,- contestó la niña- mira- y señaló una pared que dejaba entrar una tenue luz.
Se dirigieron hacia ella y la atravesaron juntos, cogidos de la mano.
Allí, ante ellos, se encontraban las puertas del Desierto en las Nubes.
viernes, 15 de abril de 2011
Margaritas
Los árboles susurraban con el viento de la tarde. El sol caía tiñendo el cielo de un tono cobrizo y anaranjado. Las montañas se oscurecían y poco a poco las farolas alumbraban las calles de la ciudad. Unos pasos se acercaban a la plaza. En la tercera calle giraron a la izquierda y allí se perdieron en la lejanía. Silencio. Una llave abrió una puerta. La madera se deslizó, cerrando el hogar con un débil portazo.
-¿Dónde has estado?- reprochó una voz femenina desde el salón.
-La reunión se ha alargado
La mujer se levantó con tranquilidad se acercó al hombre y le dio un bofetón. Entonces volvió al sofá se sentó y rompió a llorar.
-Se sabe en toda la ciudad- dijo entre lágrimas- ¿Cómo te atreves a volver a casa después de lo que me has hecho?
El hombre permaneció de pie.
-Quiero que te largues- le ordenó- Que te vayas y no vuelvas. Seguramente tu querida te estará esperando.
Cogió la maleta que su mujer le había preparado y lentamente y con tristeza abandonó su casa. La soledad le azotó la cara como el viento que corría aquella noche.
Al oír la puerta cerrarse, la mujer dejó de sollozar. Se levantó. Con una sonrisa salió al patio.
Allí entre las margaritas, la esperaba su jardinero.
-¿Dónde has estado?- reprochó una voz femenina desde el salón.
-La reunión se ha alargado
La mujer se levantó con tranquilidad se acercó al hombre y le dio un bofetón. Entonces volvió al sofá se sentó y rompió a llorar.
-Se sabe en toda la ciudad- dijo entre lágrimas- ¿Cómo te atreves a volver a casa después de lo que me has hecho?
El hombre permaneció de pie.
-Quiero que te largues- le ordenó- Que te vayas y no vuelvas. Seguramente tu querida te estará esperando.
Cogió la maleta que su mujer le había preparado y lentamente y con tristeza abandonó su casa. La soledad le azotó la cara como el viento que corría aquella noche.
Al oír la puerta cerrarse, la mujer dejó de sollozar. Se levantó. Con una sonrisa salió al patio.
Allí entre las margaritas, la esperaba su jardinero.
sábado, 5 de marzo de 2011
domingo, 16 de enero de 2011
Oceano
Cerca de un puerto, casi rozando el acantilado, había una pequeña casita de madera. En ella vivía una pareja. Ezequiel era un pescador, y vivía con su esposa Marta en aquella casa. La vida era tranquila y feliz.
De vez en cuando, Ezequiel realizaba viajes más allá del horizonte pues los peces escaseaban, y la pesca debía adentrarse hacia el oceano.
Todas las tardes, Ezequiel y Marta se acercaban al acantilado, se sentaban juntos en la húmeda hierba y observaban la puesta de sol. El cielo anaranjado se tornaba oscuro poco a poco, y la noche daba paso a la luz de la luna y las estrellas. Entonces, Ezequiel y Marta se cogían de la mano y volvían al hogar.
Todas las mañanas, Ezequiel se levantaba y se despedía de Marta con un beso y una caricia, y entonces, caminaba hacia el puerto donde esperaba el barco.
Los días pasaban en ausencia del esposo y Marta todas las tardes se acercaba a ver la puesta de sol, hasta que Ezequiel volvía, y Marta lo esperaba en el muelle, con una sonrisa en la cara. Entonces se acercaban y se besaban.
Un día, Ezequiel partió al mediodía, esa vez tenían que adentrarse en altamar. Marta y Ezequiel fueron juntos al puerto:
- Te echaré de menos
- Nunca dejes de otear el horizonte, antes de que lo creas llegaré
- Ten cuidado.
Entonces se besaron y abrazaron. Ezequiel subió al barco y se despidió de Marta con la mano.
Todas las tardes, Marta se acercaba al acantilado, y observaba el mar. Le transmitía paz y tranquilidad. Día tras día, miraba más allá del horizonte, pero nunca veía las velas del barco doradas por el sol.
Así pasaron los años, y Marta seguía esperando al amado. La vejez asomaba ya en su cara. Su espalda se fue corvando con la edad, pero ella mantenía la esperanza de que Ezequiel algún día llegaría, y la besaría como años atrás.
Una tarde, Marta se acercó al acantilado. Las olas rompían contra las paredes de piedra. De repente, se levantó viento, y el mar se enfureció. Marta sintió en ese momento cómo su marido la llamaba, como esa brisa olía a Ezequiel. Se dió la vuelta, pero estaba ella sola en el lugar.
Mientras el sol se ponía, Marta exhaló su último aliento y se reunió con su amado, más allá del océano.
Por Jesús González Cuartero
De vez en cuando, Ezequiel realizaba viajes más allá del horizonte pues los peces escaseaban, y la pesca debía adentrarse hacia el oceano.
Todas las tardes, Ezequiel y Marta se acercaban al acantilado, se sentaban juntos en la húmeda hierba y observaban la puesta de sol. El cielo anaranjado se tornaba oscuro poco a poco, y la noche daba paso a la luz de la luna y las estrellas. Entonces, Ezequiel y Marta se cogían de la mano y volvían al hogar.
Todas las mañanas, Ezequiel se levantaba y se despedía de Marta con un beso y una caricia, y entonces, caminaba hacia el puerto donde esperaba el barco.
Los días pasaban en ausencia del esposo y Marta todas las tardes se acercaba a ver la puesta de sol, hasta que Ezequiel volvía, y Marta lo esperaba en el muelle, con una sonrisa en la cara. Entonces se acercaban y se besaban.
Un día, Ezequiel partió al mediodía, esa vez tenían que adentrarse en altamar. Marta y Ezequiel fueron juntos al puerto:
- Te echaré de menos
- Nunca dejes de otear el horizonte, antes de que lo creas llegaré
- Ten cuidado.
Entonces se besaron y abrazaron. Ezequiel subió al barco y se despidió de Marta con la mano.
Todas las tardes, Marta se acercaba al acantilado, y observaba el mar. Le transmitía paz y tranquilidad. Día tras día, miraba más allá del horizonte, pero nunca veía las velas del barco doradas por el sol.
Así pasaron los años, y Marta seguía esperando al amado. La vejez asomaba ya en su cara. Su espalda se fue corvando con la edad, pero ella mantenía la esperanza de que Ezequiel algún día llegaría, y la besaría como años atrás.
Una tarde, Marta se acercó al acantilado. Las olas rompían contra las paredes de piedra. De repente, se levantó viento, y el mar se enfureció. Marta sintió en ese momento cómo su marido la llamaba, como esa brisa olía a Ezequiel. Se dió la vuelta, pero estaba ella sola en el lugar.
Mientras el sol se ponía, Marta exhaló su último aliento y se reunió con su amado, más allá del océano.
Por Jesús González Cuartero
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