"Cuando quieres algo, todo el Universo conspira para que realices tu deseo."
El Alquimista, Paulo Coelho

domingo, 16 de enero de 2011

Oceano

Cerca de un puerto, casi rozando el acantilado, había una pequeña casita de madera. En ella vivía una pareja. Ezequiel era un pescador, y vivía con su esposa Marta en aquella casa. La vida era tranquila y feliz.
De vez en cuando, Ezequiel realizaba viajes más allá del horizonte pues los peces escaseaban, y la pesca debía adentrarse hacia el oceano.
Todas las tardes, Ezequiel y Marta se acercaban al acantilado, se sentaban juntos en la húmeda hierba y observaban la puesta de sol. El cielo anaranjado se tornaba oscuro poco a poco, y la noche daba paso a la luz de la luna y las estrellas. Entonces, Ezequiel y Marta se cogían de la mano y volvían al hogar.
Todas las mañanas, Ezequiel se levantaba y se despedía de Marta con un beso y una caricia, y entonces, caminaba hacia el puerto donde esperaba el barco.
Los días pasaban en ausencia del esposo y Marta todas las tardes se acercaba a ver la puesta de sol, hasta que Ezequiel volvía, y Marta lo esperaba en el muelle, con una sonrisa en la cara. Entonces se acercaban y se besaban.
Un día, Ezequiel partió al mediodía, esa vez tenían que adentrarse en altamar. Marta y Ezequiel fueron juntos al puerto:
- Te echaré de menos
- Nunca dejes de otear el horizonte, antes de que lo creas llegaré
- Ten cuidado.
Entonces se besaron y abrazaron. Ezequiel subió al barco y se despidió de Marta con la mano.
Todas las tardes, Marta se acercaba al acantilado, y observaba el mar. Le transmitía paz y tranquilidad. Día tras día, miraba más allá del horizonte, pero nunca veía las velas del barco doradas por el sol.
Así pasaron los años, y Marta seguía esperando al amado. La vejez asomaba ya en su cara. Su espalda se fue corvando con la edad, pero ella mantenía la esperanza de que Ezequiel algún día llegaría, y la besaría como años atrás.
Una tarde, Marta se acercó al acantilado. Las olas rompían contra las paredes de piedra. De repente, se levantó viento, y el mar se enfureció. Marta sintió en ese momento cómo su marido la llamaba, como esa brisa olía a Ezequiel. Se dió la vuelta, pero estaba ella sola en el lugar.
Mientras el sol se ponía, Marta exhaló su último aliento y se reunió con su amado, más allá del océano.


Por Jesús González Cuartero