Los árboles susurraban con el viento de la tarde. El sol caía tiñendo el cielo de un tono cobrizo y anaranjado. Las montañas se oscurecían y poco a poco las farolas alumbraban las calles de la ciudad. Unos pasos se acercaban a la plaza. En la tercera calle giraron a la izquierda y allí se perdieron en la lejanía. Silencio. Una llave abrió una puerta. La madera se deslizó, cerrando el hogar con un débil portazo.
-¿Dónde has estado?- reprochó una voz femenina desde el salón.
-La reunión se ha alargado
La mujer se levantó con tranquilidad se acercó al hombre y le dio un bofetón. Entonces volvió al sofá se sentó y rompió a llorar.
-Se sabe en toda la ciudad- dijo entre lágrimas- ¿Cómo te atreves a volver a casa después de lo que me has hecho?
El hombre permaneció de pie.
-Quiero que te largues- le ordenó- Que te vayas y no vuelvas. Seguramente tu querida te estará esperando.
Cogió la maleta que su mujer le había preparado y lentamente y con tristeza abandonó su casa. La soledad le azotó la cara como el viento que corría aquella noche.
Al oír la puerta cerrarse, la mujer dejó de sollozar. Se levantó. Con una sonrisa salió al patio.
Allí entre las margaritas, la esperaba su jardinero.