“…Y allí, al pasar las Estepas Sombrías, entre las Montañas de la Niebla, se encuentra una caverna laberíntica, y solamente, aquellos cuyos propósitos son verdaderos, lograrán encontrar la pared que da paso al Patio de la Luz. Y allí, en el centro del lugar, se alzan las más hermosas puertas jamás vistas en este mundo, unas puertas de oro y cristal, sostenidas por dos ángeles tallados en mármol más blanco que las perlas, con las alas abiertas, majestuosas. Y son las Puertas las que iluminan el lugar, pues son tan perfectas que su luz transmite paz y serenidad.
Y aquellos que consiguen cruzarlas, se encontrarán en el Desierto en las Nubes, un lugar donde el tiempo no existe, ni el dolor, ni el llanto, un lugar…”
Rebecca cerró el libro y lo dejó sobre la colcha. El libro parecía algo viejo. Sus tapas de piel estaban agrietadas y la inscripción que aparecía en la portada se encontraba un poco borrosa.
-¿El Desierto en las Nubes es real, abuelo?- preguntó Rebecca algo pensativa.Rebecca y su abuelo vivían en una pequeña cabaña en el Bosque Ocre. Los padres de la niña habían muerto tres años atrás, cuando ella tenía trece años, a causa de una infección que se propagó por la aldea en la que vivían. Por ese motivo, su abuelo, la única familia que le quedaba a Rebecca, decidió llevársela a vivir con ella a la casa del bosque.
-Claro que existe, lo has leído en el libro, ¿no?
-Sí pero no se- contestó Rebecca dudosa- ¿y cómo sabes que lo encontraremos?
Esta pregunta hizo pensar al hombre.
-Rebecca, tengo que decirte una cosa. Iré yo solo, yo ya soy viejo y tu solo tienes dieciséis años y toda una vida por delante. No quiero que me acompañes, porque, como bien has dicho, no sé si lo encontraré.
-Abuelo, yo te voy a acompañar a donde sea, porque te quiero y no quiero que te pase nada.
-Rebecca, escúchame, mañana, antes del amanecer me iré, y no quiero que abandones esta casa, tu hogar. Te quiero, mi nieta, que tengas dulces sueños.
Besó a la niña en la mejilla y la tapó con la colcha. Apagó la vela de un soplo y abandonó la habitación. Unas horas después, el abuelo cogió su zurrón ya cargado y con mucho sigilo acudió a la habitación de Rebecca. Dormía en su cama, acurrucada le lanzó un beso y guardó aquella imagen en su memoria.
-Te quiero- susurró.
Abandonó la cabaña y se adentró en el bosque. Entre los altos abetos se extendía una suave niebla. El rocío de la mañana se acumulaba en las hojas de los helechos, que cubrían el suelo como un denso manto. Las hojas caídas crujían como si estuviesen secas, pues el lugar estaba sumido en un sepulcral silencio. De vez en cuando se oía el aleteo de alguna lechuza y los pasos de algún ciervo. Y así, caminó hasta llegar a las lindes de las Estepas Sombrías. Al poner el primer pie en la arena de la Estepa, una pequeña polvareda se levantó, toda la humedad había desaparecido, y el sol, a pesar de estar a mitad de camino al mediodía, no iluminaba en su totalidad, pues las estepas absorbían la luz que llegaba. Anduvo durante horas, horas que parecieron eternas pues el agua que llevaba el hombre guardaba en su zurrón empezaba a agotarse. De vez en cuando, en alguna formación rocosa que proyectaba alguna sombra, el abuelo paraba a descansar. Y así llegó a las Montañas de la Niebla.El abuelo se adentró en ellas, atravesando una garganta. A ambos lados, dos paredes de piedra se elevaban dirigiendo al caminante por recovecos y giros, que cada vez hacían más estrecho el paso. Y entonces, el hombre se encontró en un cruce de caminos, sabiendo que allí, debería elegir por cuál ir hacia su destino. Cerró los ojos, pensando en su nieta, y en el Desierto y cuando volvió a abrirlos, para su sorpresa, el cruce había desaparecido. Ahora, ante él, se encontraba la abertura de la caverna. Sin dudarlo un segundo, entró en la cueva. Detrás de él, la cueva se cerró, y entonces, unas antorchas iluminaron el lugar.
Se extendía ante él una cámara. En sus paredes, ocho arcos de piedra. Se decidió por el tercero de ellos. Al momento, las luces bajaron su intensidad. Avanzó un poco más con pasos dudosos y entonces oyó el ruido de piedras moviéndose.Escuchó pasos y susurros. Empezó a asustarse. Aceleró el paso hasta casi correr. Le daba la sensación de no llegar a ninguna parte. Entonces, un grito quebró el silencio y después oyó con claridad:
-¿Abuelo?
-¿Rebecca?- contestó.
-Abuelo, ¿dónde estás?- preguntó asustada
Logró verla en la penumbra y corrió hacia ella y la abrazó.
-Te dije que no vinieras.
-Pero no quería que te pasara nada.
-Oh Rebecca…- y la abrazó otra vez- Creo que no lo conseguiremos
-Te equivocas,- contestó la niña- mira- y señaló una pared que dejaba entrar una tenue luz.
Se dirigieron hacia ella y la atravesaron juntos, cogidos de la mano.
Allí, ante ellos, se encontraban las puertas del Desierto en las Nubes.