"Cuando quieres algo, todo el Universo conspira para que realices tu deseo."
El Alquimista, Paulo Coelho

miércoles, 23 de noviembre de 2011


 
De envidia la luna lloraba al mirar
como a la estrella la querían más.
Eran sus ojos capaces de amar
por eso la luna la quería apagar.

"La estrella y la Luna", LODVG

lunes, 14 de noviembre de 2011

Acuarela

Dibujó con suavidad el último trazo del boceto. Los restos salidos del sacapuntas estaban por toda la mesa. La goma de borrar había dejado un rastro por todo el suelo. Pero por fin, el dibujo estaba terminado, solo le faltaba un poco de color.

Cogió del cajón su caja de acuarelas. Se notaba que estaba usado. Las manchas de colores se mezclaban por todos lados. Llenó un pequeño vaso con un poco de agua y mojó el pincel. Y así, comenzó una armonía de colores.

No importaba lo que estuviera pintando. Usó las tonalidades que quiso. Tiñó la luna de rojo, un rojo luminoso pero triste. Las estrellas no eran blancas ni amarillas, sino de otros colores, verdes, rosas, naranjas. ¿Qué más daba? Él era el que dibujaba.

El agua de la cascada caía hacia arriba, y no era azul ni de color transparente, era amarilla como el oro, brillaba cual rayo de sol. Y no eran peces lo que nadaba en ese agua, sino aves submarinas, que batían sus alas al ritmo del correr del agua. ¿Qué más daba? El dibujo era fruto de su imaginación.

En el cielo, las nubes tomaban tonos verde esmeralda. Un barco de vela volaba entre ellas. Sus velas lo llevaban hacia un castillo en el cielo. Un castillo de cristal. Llovía, pero no era agua lo que caía al suelo, sino perlas de nácar, que al tocar la hierba explotaban cual pompas de jabón. ¿Qué más daba? ¿No era él el que pintaba?

Y así, continuó con su acuarela. Deslizaba el pincel por todo el dibujo, sin importar qué colores utilizaba. Mezclaba y mezclaba, hasta alcanzar las tonalidades deseadas. Una vez estuvo acabado, lo cogió y lo observó. Sonrió. Tal como lo había imaginado. Allí estaba ante sus ojos de nuevo un fruto de su imaginación. Un dibujo que no entendía de realidad, ni de convencionalismos. ¿Qué más daba?


Por Jesús González Cuartero

martes, 8 de noviembre de 2011

Se acerca la hora de mi muerte.

Agarró la pluma que le regalaron por navidad. Colocó el papel sobre la madera de nogal del escritorio. Se acomodó en el sillón y empezó a escribir:

Querido yo:
Si, querido yo, te parecerá una tontería, pero así es. Escribo estas líneas porque se acerca la hora de mi muerte, y necesito explicarte muchas cosas de mi vida, de tu vida.
Siempre fuiste un chico alocado, aún recuerdo cuando echabas arena a los niños en la cabeza, si eras un capullo, pero eras un crío. No vuelvas a hacerlo. Cada vez que lo recuerdes se te escapará una sonrisa, pero te arrepentirás. Nunca se te ocurra volver a dejarle a tu compañero de mesa tu sacapuntas rojo, no te lo devolverá. El día de tu cumpleaños, sal el primero al patio corriendo y coge la rueda grande, te la mereces, pero compártela con tu amiga, ella te quiere mucho. Nunca se te ocurra apartarte de su lado, pues será un gran apoyo durante los peores años de tu vida. Llorarás a su lado, reirás a su lado, y claro que sí, te sentarás a su lado.
Disfruta el día que descubras quién son en realidad los Reyes Magos, pues no habrá otro día así y no merece la pena llorar por una tontería. Crece, algunas personas te harán madurar para bien, y otras, simplemente con sus actos o palabras te harán madurar a las malas, pero no los odies, simplemente, obvialos, es lo que en el fondo más les duele.
Si, te saldrán granos por toda la cara, pero déjalos ahí, en realidad, por más que te esfuerces, no conseguirás mas que marcas por toda la cara.
Disfruta tus años de instituto, aunque en las películas americanas pinta bien, aquí no lo es tanto, pero es algo que nunca olvidarás, igualmente, porque unos u otros te harán madurar, y esta vez, créeme, si es a las malas.
No riñas con tus hermanos, son para toda la vida, y aunque a veces no estéis de acuerdo, no es motivo para gritar ni gruñir. Simplemente, baja la voz y arregla el problema.
Apoya a tu amigo el día que te diga que la chica que le gusta le ha pedido noviazgo, vaya me ha quedado muy cursi, pero si, fue así de cursi, ¿lo recuerdas? Sois grandes amigos, y debes apoyarlo en todo lo que puedas. Y al tercero en discordia, apóyalo el mismo día, pues la decisión que tomará el otro no le sentará para nada bien. Pero no te preocupes, al final todo acabará bien.
Cuando acabes tu examen de selectividad, no le des más vueltas, ilea iacta est, y no sirve de nada calentarse la cabeza por tonterías. Elige bien tu carrera. Al principio te costará, pero tomarás la decisión adecuada.
Disfruta el verano de tu vida, no se cruza el charco todos los días, y te gustará tanto, que no podrás olvidarlo.
El primer día de universidad, relaciónate un poco anda, no me seas soso. Y el día que las veas, acércates y háblales, serán unas grandes amigas en las que siempre confiarás y también te apoyarán, y mucho. Apóyalas tu a ellas. Y a todos los demás, serán unos grandes amigos, que se sentarán detrás, o a un lado, o harás con ellos un trabajo, pero están ahí, y aunque no lo creas, su presencia se nota.
Y vuelve a disfrutar el segundo verano de tu vida. Conocerás a personas maravillosas que nunca creíste que fueran a querer conocerte, valórate un poco y no seas tan duro contigo mismo.
Y sobre todo, no te olvides de tus padres, de la bibliotecaria, de tu familia, de todos aquellos que compartieron contigo este camino que es la vida.

Atentamente, para mí.


Por Jesús González Cuartero



Dedicatoria: simplemente, os lo dedico a todos aquellos que os encontréis en estas palabras, que surgieron como ficción pero han acabado siendo algo más que eso.

miércoles, 2 de noviembre de 2011

Serenata

Sonaron los últimos compases de la serenata. Los dedos acariciaban cada tecla con delicadeza. Cada nota acompañaba de manera armónica a la anterior. La melodía llegaba a su fin. El último silencio marcó el final de la composición. El pianista estiró sus manos.

Con delicadeza colocó el terciopelo rojo sobre las teclas del piano. Puso la tapa en su sitio. Colocó la banqueta debajo del teclado. Cerró el bastidor.

Salió del salón. La brisa marina acarició su tez. Poco faltaba ya para que asomasen los primeros rayos del sol. 

Una figura salió. Andaba con sigilo. Sus pies descalzos pisaban con suavidad la madera. Se acercó al pianista. Puso su barbilla en su hombro. Le besó en la mejilla yse abrazaron con fuerza. 

Se levantó un viento suave. El sol empezaba a asomar más allá del mar. Así, juntos, abrazados, compartieron otro amanecer. 


Por Jesús González Cuartero