El reloj de la estacion marcaba las doce menos cinco. Se encendió el motor del tren.
-¡Pasajeros al tren!- gritó un hombre con gorra y uniforme.
Se cogieron de las manos. Sus miradas se encontraron. El viento hacía volar las hojas secas de los árboles.
Pasajeros empezaron a subir a sus respectivos vagones.
No se dijeron nada. Todo estaba aclarado. Se fundieron en un beso. El tiempo se detuvo. Una lágrima cayó. Un tercer aviso cortó aquel momento. Se separaron. Cogió la maleta y se dirigió a la puerta del vagón.
Una vez hubo llegado a su asiento, abrió la ventana.
- Te quiero- dijo.
- Yo también, y siempre te querré.
El tren se puso en marcha. El vapor y el ruido de la locomotora inundaron todo el andén.
Empezó a correr al tiempo que el tren se alejaba de la estación. Ambos agitaban sus manos con tristeza. El viento hizo volar unas lágrimas. La bufanda salió de su cuello y cayó al suelo del andén.
Se agachó y la cogió.
Su olor estaba en aquella bufanda.
Aquella sería la última vez que se verían para siempre.
Por Jesús González Cuartero
"Cuando quieres algo, todo el Universo conspira para que realices tu deseo."
El Alquimista, Paulo Coelho
domingo, 25 de diciembre de 2011
miércoles, 14 de diciembre de 2011
domingo, 11 de diciembre de 2011
Noche tormentosa
Abrió los ojos sobresaltada y se incorporó en la cama. Un relámpago iluminó la habitación unos segundos. El viento golpeaba la ventana y la lluvia caía con fuerza. Sus cabellos caían sobre sus hombros. Las gotas de sudor corrian por su frente. Su respiración era entrecortada. Otro rayo quebró el cielo en la noche. Su querida gata saltó a la cama y se acomodó en el edredón.
Se puso la bata y las zapatillas precipitadamente. Salió de las sábanas con rapidez y cruzó la puerta de la habitación corriendo. Atravesó el pasillo en la oscuridad. Otro relámpago iluminó la estancia. La madera del suelo crujía bajo sus pies. Se detuvo. Subió su mirada. Tiró de un cordel que colgaba del techo y una escalerilla se extendió frente a sí. Se ató la bata y empezó a subir los peldaños.
Encendió una vela con una cerilla. Esperó hasta que sus pupilas se acomodaron a la tenue luz. Con dificultad fue caminando por el desván. Las telarañas se pegaban a su pelo. Se oía en algún lugar el sonido de una gota de agua cayendo rítmicamente. Llegó por fin a un bulto tapado con una sábana. Retiró con cautela el tejido y dejó al descubierto un viejo baúl. Agarró una llave que llevaba colgada al cuello y la introdujo en la cerradura del baúl.
El candado se abrió. Se le aceleró el pulso. Sus manos empezaron a temblar. Abrió el baúl. Un olor insoportable inundó la habitación.
Allí estaba. El tiempo causaba estragos en el corazón de su marido muerto.
Por Jesús González Cuartero
Se puso la bata y las zapatillas precipitadamente. Salió de las sábanas con rapidez y cruzó la puerta de la habitación corriendo. Atravesó el pasillo en la oscuridad. Otro relámpago iluminó la estancia. La madera del suelo crujía bajo sus pies. Se detuvo. Subió su mirada. Tiró de un cordel que colgaba del techo y una escalerilla se extendió frente a sí. Se ató la bata y empezó a subir los peldaños.
Encendió una vela con una cerilla. Esperó hasta que sus pupilas se acomodaron a la tenue luz. Con dificultad fue caminando por el desván. Las telarañas se pegaban a su pelo. Se oía en algún lugar el sonido de una gota de agua cayendo rítmicamente. Llegó por fin a un bulto tapado con una sábana. Retiró con cautela el tejido y dejó al descubierto un viejo baúl. Agarró una llave que llevaba colgada al cuello y la introdujo en la cerradura del baúl.
El candado se abrió. Se le aceleró el pulso. Sus manos empezaron a temblar. Abrió el baúl. Un olor insoportable inundó la habitación.
Allí estaba. El tiempo causaba estragos en el corazón de su marido muerto.
Por Jesús González Cuartero
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