El reloj de la estacion marcaba las doce menos cinco. Se encendió el motor del tren.
-¡Pasajeros al tren!- gritó un hombre con gorra y uniforme.
Se cogieron de las manos. Sus miradas se encontraron. El viento hacía volar las hojas secas de los árboles.
Pasajeros empezaron a subir a sus respectivos vagones.
No se dijeron nada. Todo estaba aclarado. Se fundieron en un beso. El tiempo se detuvo. Una lágrima cayó. Un tercer aviso cortó aquel momento. Se separaron. Cogió la maleta y se dirigió a la puerta del vagón.
Una vez hubo llegado a su asiento, abrió la ventana.
- Te quiero- dijo.
- Yo también, y siempre te querré.
El tren se puso en marcha. El vapor y el ruido de la locomotora inundaron todo el andén.
Empezó a correr al tiempo que el tren se alejaba de la estación. Ambos agitaban sus manos con tristeza. El viento hizo volar unas lágrimas. La bufanda salió de su cuello y cayó al suelo del andén.
Se agachó y la cogió.
Su olor estaba en aquella bufanda.
Aquella sería la última vez que se verían para siempre.
Por Jesús González Cuartero
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