Abro los ojos de repente, la luz de los primeros rayos del sol penetra en mis pupilas. Hago memoria de donde estoy. Estas no son mis sábanas. Esta no es mi cama. Me doy la vuelta en el colchón y recuerdo que esta no es mi habitación.
Miro hacia mi derecha y ahí estas, durmiendo. Los ojos cerrados. La cabeza despeinada. Una media sonrisa en la boca.
Salgo con sigilo de debajo del nórdico blanco, en esta habitación, todo es de color camel tostado y blanco. Entro en el baño y me aseo como puedo sin hacer mucho ruido. Me lavo la cara, me peino un poco y salgo en busca de mi ropa. "No consigo encontrar mi camiseta, me llevaré la tuya, lo siento." Dejo la nota en el lado de la almohada en el que he dormido toda la noche y me calzo.
Con el mismo silencio, te doy un último beso. Has notado el contacto y te has removido un poco, así que decido que ya es hora de que me vaya.
Me acerco a la puerta de la habitación, te miro por última vez y desaparezco en el pasillo. Al lado de cada puerta hay un número escrito en letra.
Recuerdo cada detalle de esta noche. Una velada casi planificada, por lo cual, debo darte las gracias. Pero no sé tu nombre y tú no sabes el mío.
El ascensor llega a mi encuentro. Pulso el botón de la planta baja, automáticamente se cierran las puertas y el ascensor comienza su descenso. Llego a la recepción y abandono el hotel. El sol y la brisa de la mañana rozan mi cara. Tomo aire profundamente. Miro hacia la ventana de nuestra habitación.
Supongo que seguirás en la cama soñando. No sabemos si volveremos a encontrarnos o no.
Por Jesús González Cuartero.
"Cuando quieres algo, todo el Universo conspira para que realices tu deseo."
El Alquimista, Paulo Coelho
domingo, 9 de diciembre de 2012
sábado, 17 de noviembre de 2012
Sueños.
Permanezco tumbado en la cama. Te miro al rostro y veo que estás soñando.
Otra vez, con un barullo de palabras en la boca, que se agolpan en mis labios y no se atreven a salir.
Otra vez, un montón de pensamiento en mi cabeza, pensamientos que no sé si son realidad o fantasía, pero que en el fondo me da igual, porque me gustan y me hacen sentir bien.
Otra vez, esa sensación de mariposas revoloteando sin parar en el estómago, que no me dejan dormir y parece que quieren escapar.
Ya no sé si es un efecto de todas estas sensaciones o consecuencia de un café, pero no consigo conciliar el sueño. Y, a pesar de ello, soy completamente feliz.
Por Jesús González Cuartero
Otra vez, con un barullo de palabras en la boca, que se agolpan en mis labios y no se atreven a salir.
Otra vez, un montón de pensamiento en mi cabeza, pensamientos que no sé si son realidad o fantasía, pero que en el fondo me da igual, porque me gustan y me hacen sentir bien.
Otra vez, esa sensación de mariposas revoloteando sin parar en el estómago, que no me dejan dormir y parece que quieren escapar.
Ya no sé si es un efecto de todas estas sensaciones o consecuencia de un café, pero no consigo conciliar el sueño. Y, a pesar de ello, soy completamente feliz.
Por Jesús González Cuartero
viernes, 5 de octubre de 2012
domingo, 23 de septiembre de 2012
jueves, 20 de septiembre de 2012
Final sin comienzo.
El coche se detuvo en la calzada. El ruido del motor cesó de repente. Fuera, en la calle, las farolas alumbraban la oscuridad. De las casas de ambos lados salían tenues y cálidas luces. Se quedó mirando un momento por su ventanilla hasta que rompió el silencio.
-Entonces,- me dijo con lentitud- aquí acaba todo.- Empezó a temblarle la voz.- No hemos llegado a tener nada, pero, aquí acaba todo.
Asentí en silencio, con un tremendo sentimiento de culpa.
-¿Puedo al menos despedirme?- preguntó. Las lágrimas empezaron a acumularse en sus ojos, tan oscuros como la noche que había ese día.
No le dí tiempo a reaccionar, porque me acerqué y le di un beso. Sus lágrimas cayeron por las mejillas hasta llegar a nuestros labios.
Recuerdo sus manos por detrás de mi cabeza acariciándome el pelo y el cuello.
Cuando terminó, abrió la puerta del coche y salió a la peatonal.
Me costó mucho arrancar el coche.
La visión de verle alejándose con las manos en los bolsillos del abrigo y la cabeza gacha en aquella noche tan oscura y fría aún me atormenta algunas noches.
Por Jesús González Cuartero.
-Entonces,- me dijo con lentitud- aquí acaba todo.- Empezó a temblarle la voz.- No hemos llegado a tener nada, pero, aquí acaba todo.
Asentí en silencio, con un tremendo sentimiento de culpa.
-¿Puedo al menos despedirme?- preguntó. Las lágrimas empezaron a acumularse en sus ojos, tan oscuros como la noche que había ese día.
No le dí tiempo a reaccionar, porque me acerqué y le di un beso. Sus lágrimas cayeron por las mejillas hasta llegar a nuestros labios.
Recuerdo sus manos por detrás de mi cabeza acariciándome el pelo y el cuello.
Cuando terminó, abrió la puerta del coche y salió a la peatonal.
Me costó mucho arrancar el coche.
La visión de verle alejándose con las manos en los bolsillos del abrigo y la cabeza gacha en aquella noche tan oscura y fría aún me atormenta algunas noches.
Por Jesús González Cuartero.
lunes, 3 de septiembre de 2012
martes, 28 de agosto de 2012
Bajo el faro
Corría el viento aquella tarde. Un viento suave. El mar estaba tranquilo y el sol iluminaba la playa con calidez.
Jimena permanecía de pie en la orilla de la playa. Sus pies pisaban la arena mojada y las suaves olas del mar daban en sus tobillos. Sus cabellos rubios ondeaban al viento, al igual que su camiseta que por efecto del aire se movía de un lado para otro. Sus ojos azules miraban hacia el horizonte donde el cielo y el mar se funden. La sensación del agua en sus pies era relajadora.
Empezó a caminar fuera del agua, sintiendo cómo sus pies se hundían un poco en la tierra mojada. Con ayuda de la toalla se secó un poco y se puso las chanclas.
Puso rumbo a su casa, con tranquilidad, pensando en sus cosas. Una vez hubo llegado allí sacó del bolso las llaves de la casa y abrió la puerta.
- Ya he llegado- dijo a sus padres.
- Jimena, tienes una carta. La saqué esta mañana del buzón- dijo su padre al tiempo que le daba el sobre.
Cogió la carta y fue a su habitación. Se tumbó en la cama y miró con curiosidad el sobre. El reloj de pared marcaba las ocho menos cuarto. Abrió la carta y comenzó a leer su contenido con tranquilidad. Conocía aquella caligrafía. Se le escapó una sonrisa. Continuó con su lectura. Su cara se llenó de sorpresa y luego alegría. Miró otra vez el reloj y se levantó de la cama con rapidez.
Abrió las puertas de su armario y empezó a buscar algo bonito que ponerse. Removió todo hasta que encontró una falda con vuelo y una camiseta. Se vistió con rapidez y se pintó un poco los ojos.
- Salgo un momento- dijo a sus padres y salió corriendo de su casa, con una sonrisa radiante.
Corrió por las calles de la ciudad. El viento movía su pelo y falda. Salió de la ciudad y llegó hasta un camino que subía hacia el faro. El cielo tenía un tono naranja que a Jimena le pareció precioso.
Seguía corriendo. Comenzó a ver el faro. Poco a poco comenzó a ver también allí, bajo la torre, una figura de un chico. Allí estaba. Mediría metro ochenta. Tenía el pelo oscuro y aunque desde donde estaba no podía verlos, sabía que los ojos de aquel chico eran verdes. Corrió aún más deprisa hasta que llegó hasta él.
- Hugo- dijo casi sin aliento
- Pensaba que no vendrías- dijo el chico con un poco de timidez.
- No sabía que yo, es decir que tú... - añadió Jimena entrecortadamente.
Hugo sacó de detrás de sí un ramo de doce rosas rojas, que dio a Jimena.
- Oh Hugo, son preciosas- comentó Jimena cogiendo las flores.
Entonces se miraron a los ojos. Y como todas las cosas bellas de este mundo no se ven, los cerraron para darse un beso. Las olas del mar rompían en las paredes de roca en las que se levantaba el faro.
Así comenzó una verdadera historia de amor.
Por Jesús González Cuartero
Jimena permanecía de pie en la orilla de la playa. Sus pies pisaban la arena mojada y las suaves olas del mar daban en sus tobillos. Sus cabellos rubios ondeaban al viento, al igual que su camiseta que por efecto del aire se movía de un lado para otro. Sus ojos azules miraban hacia el horizonte donde el cielo y el mar se funden. La sensación del agua en sus pies era relajadora.
Empezó a caminar fuera del agua, sintiendo cómo sus pies se hundían un poco en la tierra mojada. Con ayuda de la toalla se secó un poco y se puso las chanclas.
Puso rumbo a su casa, con tranquilidad, pensando en sus cosas. Una vez hubo llegado allí sacó del bolso las llaves de la casa y abrió la puerta.
- Ya he llegado- dijo a sus padres.
- Jimena, tienes una carta. La saqué esta mañana del buzón- dijo su padre al tiempo que le daba el sobre.
Cogió la carta y fue a su habitación. Se tumbó en la cama y miró con curiosidad el sobre. El reloj de pared marcaba las ocho menos cuarto. Abrió la carta y comenzó a leer su contenido con tranquilidad. Conocía aquella caligrafía. Se le escapó una sonrisa. Continuó con su lectura. Su cara se llenó de sorpresa y luego alegría. Miró otra vez el reloj y se levantó de la cama con rapidez.
Abrió las puertas de su armario y empezó a buscar algo bonito que ponerse. Removió todo hasta que encontró una falda con vuelo y una camiseta. Se vistió con rapidez y se pintó un poco los ojos.
- Salgo un momento- dijo a sus padres y salió corriendo de su casa, con una sonrisa radiante.
Corrió por las calles de la ciudad. El viento movía su pelo y falda. Salió de la ciudad y llegó hasta un camino que subía hacia el faro. El cielo tenía un tono naranja que a Jimena le pareció precioso.
Seguía corriendo. Comenzó a ver el faro. Poco a poco comenzó a ver también allí, bajo la torre, una figura de un chico. Allí estaba. Mediría metro ochenta. Tenía el pelo oscuro y aunque desde donde estaba no podía verlos, sabía que los ojos de aquel chico eran verdes. Corrió aún más deprisa hasta que llegó hasta él.
- Hugo- dijo casi sin aliento
- Pensaba que no vendrías- dijo el chico con un poco de timidez.
- No sabía que yo, es decir que tú... - añadió Jimena entrecortadamente.
Hugo sacó de detrás de sí un ramo de doce rosas rojas, que dio a Jimena.
- Oh Hugo, son preciosas- comentó Jimena cogiendo las flores.
Entonces se miraron a los ojos. Y como todas las cosas bellas de este mundo no se ven, los cerraron para darse un beso. Las olas del mar rompían en las paredes de roca en las que se levantaba el faro.
Así comenzó una verdadera historia de amor.
Por Jesús González Cuartero
sábado, 11 de agosto de 2012
Crisel
Apareció la primera estrella de la noche que poco a poco dio paso a todas las demás. Poco a poco, el cielo comenzó a ponerse grisáceo y cayeron los primeros copos de nieve. La noche era muy fría.
Unos pasos se oían a toda prisa corriendo por la calle, directo a las puertas del castillo. Allí, en torno a algo tumbado en el suelo, empezaba a acumularse gente.
Pasó entre todos ellos abriéndose paso a codazos y empujones. Ahí estaba, tirado en el suelo. Con una de sus manos, agarraba la flecha que lo había atravesado.
Lo vio en aquel estado y se tapó la boca con una mano. Con todo el valor que pudo, se puso de rodillas junto a él y le acarició con suavidad una mejilla.
El chico abrió los ojos con lentitud.
-Eh, eh- dijo ella con suavidad mientras él acercó una mano a su mejilla, por la que caía una lágrima.-Ya estoy aquí.
-Hola- contestó con una pequeña sonrisa en los labios- creo que me han acertado con una flecha.
-No te preocupes, te pondrás bien- dijo al tiempo que agarraba su mano.
-No, sabes que aquí acaba- comenzó a toser.- Te quiero- dijo con un hilo de voz.
Las lágrimas empezaron a deslizarse por ambas mejillas.
-Te amo- contestó ella.
Acercó sus labios a los de él y le dio el último beso.
La nieve comenzó a caer un poco más fuerte.
Allí, bajo las puertas del Castillo Crisel y arropados por un grupo de arqueros y algunos habitantes de la ciudadela, ambos enamorados se dijeron adiós para siempre.
Por Jesús González Cuartero.
Unos pasos se oían a toda prisa corriendo por la calle, directo a las puertas del castillo. Allí, en torno a algo tumbado en el suelo, empezaba a acumularse gente.
Pasó entre todos ellos abriéndose paso a codazos y empujones. Ahí estaba, tirado en el suelo. Con una de sus manos, agarraba la flecha que lo había atravesado.
Lo vio en aquel estado y se tapó la boca con una mano. Con todo el valor que pudo, se puso de rodillas junto a él y le acarició con suavidad una mejilla.
El chico abrió los ojos con lentitud.
-Eh, eh- dijo ella con suavidad mientras él acercó una mano a su mejilla, por la que caía una lágrima.-Ya estoy aquí.
-Hola- contestó con una pequeña sonrisa en los labios- creo que me han acertado con una flecha.
-No te preocupes, te pondrás bien- dijo al tiempo que agarraba su mano.
-No, sabes que aquí acaba- comenzó a toser.- Te quiero- dijo con un hilo de voz.
Las lágrimas empezaron a deslizarse por ambas mejillas.
-Te amo- contestó ella.
Acercó sus labios a los de él y le dio el último beso.
La nieve comenzó a caer un poco más fuerte.
Allí, bajo las puertas del Castillo Crisel y arropados por un grupo de arqueros y algunos habitantes de la ciudadela, ambos enamorados se dijeron adiós para siempre.
Por Jesús González Cuartero.
jueves, 2 de agosto de 2012
lunes, 25 de junio de 2012
Café vidrioso
Llegó a la puerta del café. Antes de entrar, miró su reflejo en un portal y se quitó con los dedos algunos rastros de lágrimas que quedaban por su rostro. Ensayó su mejor sonrisa y se volvió a colocar las gafas de sol.
Las puertas automáticas se abrieron con su presencia. Se quitó las gafas de sol y allí lo vio, sentado en una mesa, esperando. Se acercó sonriendo a la mesa y se saludaron.
-Hola- saludó levantándose de la silla y tendiéndole la mano.
-Hola, ¿qué tal?- contestó dándole dos besos en las mejillas. Ambos se sentaron y al poco tiempo acudió una camarera.
-Buenas tardes, ¿qué van a tomar?
-Yo un cortado, ¿y tú? - preguntó mirando a su acompañante.
-Un solo descafeinado, por favor- contestó dirigiéndose a la camarera.
-Ahora mismo se lo traigo.
La chica se alejó. La situación no cambió mucho. Ambos miraban para uno y otro lado, evitando cruzar las miradas. A pesar de la sonrisa ensayada, se podía ver en sus ojos la tristeza reflejada. Por fin trajeron sus cafés. Se pusieron azúcar y dieron algún trago. De repente, el que había estado esperando en la mesa empezó a hablar:
-Bueno, no se si lo sabrás pero...
-¿El qué sé?- dijo interrumpiéndole - Ah ya, eso. Sí, lo sé. Por eso estamos aquí, ¿no?
La gente entraba y salía del local. La música jazz sonaba ambientando el lugar.
-Sólo quiero que sepas que nunca he querido hacerte daño, y que eres una persona maravillosa y te aprecio un montón.
-Sí. Todo eso ya me lo has dicho, muchas veces. Supongo que es verdad, ¿no?- esperó unos segundos y se acabó la taza de café- Yo sólo quiero que sepas que no soy como el resto, y que mientras muchos te van a mentir diciendo que se alegran, yo lo único que haré será decirte la verdad, aunque ya la sabes. Me gustas, y nada ni nadie cambiará eso- rebuscó en su cartera un euro y lo sacó. Lo puso sobre la mesa con fuerza- Ha sido un placer conocerte, de los más grandes de mi vida. Y que te deseo lo mejor, que seas muy feliz.
Se levantó, le dio la mano y otros dos besos. Recogió sus cosas y añadió:
-Nunca encontrarás a nadie como yo. Soy más de lo que necesitas- dijo con un fuerte temblor en la voz. Se dio media vuelta y se colocó las gafas de sol a tiempo de que alguien viera sus ojos vidriosos.
Por Jesús González Cuartero
-Hola- saludó levantándose de la silla y tendiéndole la mano.
-Hola, ¿qué tal?- contestó dándole dos besos en las mejillas. Ambos se sentaron y al poco tiempo acudió una camarera.
-Buenas tardes, ¿qué van a tomar?
-Yo un cortado, ¿y tú? - preguntó mirando a su acompañante.
-Un solo descafeinado, por favor- contestó dirigiéndose a la camarera.
-Ahora mismo se lo traigo.
La chica se alejó. La situación no cambió mucho. Ambos miraban para uno y otro lado, evitando cruzar las miradas. A pesar de la sonrisa ensayada, se podía ver en sus ojos la tristeza reflejada. Por fin trajeron sus cafés. Se pusieron azúcar y dieron algún trago. De repente, el que había estado esperando en la mesa empezó a hablar:
-Bueno, no se si lo sabrás pero...
-¿El qué sé?- dijo interrumpiéndole - Ah ya, eso. Sí, lo sé. Por eso estamos aquí, ¿no?
La gente entraba y salía del local. La música jazz sonaba ambientando el lugar.
-Sólo quiero que sepas que nunca he querido hacerte daño, y que eres una persona maravillosa y te aprecio un montón.
-Sí. Todo eso ya me lo has dicho, muchas veces. Supongo que es verdad, ¿no?- esperó unos segundos y se acabó la taza de café- Yo sólo quiero que sepas que no soy como el resto, y que mientras muchos te van a mentir diciendo que se alegran, yo lo único que haré será decirte la verdad, aunque ya la sabes. Me gustas, y nada ni nadie cambiará eso- rebuscó en su cartera un euro y lo sacó. Lo puso sobre la mesa con fuerza- Ha sido un placer conocerte, de los más grandes de mi vida. Y que te deseo lo mejor, que seas muy feliz.
Se levantó, le dio la mano y otros dos besos. Recogió sus cosas y añadió:
-Nunca encontrarás a nadie como yo. Soy más de lo que necesitas- dijo con un fuerte temblor en la voz. Se dio media vuelta y se colocó las gafas de sol a tiempo de que alguien viera sus ojos vidriosos.
Por Jesús González Cuartero
domingo, 24 de junio de 2012
Microcuento de hadas
Se conocieron una noche en un bar.
Vivían en la realidad pero la convirtieron en un cuento de hadas.
Fueron felices y comieron perdices.
Por Jesús González Cuartero
Vivían en la realidad pero la convirtieron en un cuento de hadas.
Fueron felices y comieron perdices.
Por Jesús González Cuartero
domingo, 13 de mayo de 2012
jueves, 3 de mayo de 2012
Gran manzana
Esperaba en la puerta del edificio. La lluvia caía con fuerza. Nadie había en la calle.
Llevaba los tacones en la mano. Las medias empezaban a mojarse por el agua. Abrió su bolso y empezó a rebuscar algo dentro. Al momento, un taxi paró en la calzada. Levantó la cabeza y vio al coche esperando. Dejó de buscar en el bolso y bajó los cinco escalones corriendo hasta la acera y se metió con rapidez en el vehículo.
- A la Sexta con la 67 por favor.
El taxista arrancó el coche y se puso en marcha. La lluvia se veía caer a través de la luz de las farolas. El reloj en su muñeca marcaba las cinco menos diez.
Volvió a abrir la cremallera del bolso y sacó entonces un pañuelo y un pequeño espejo. Se secó un poco la cara de las gotas de lluvia y con ellas, alguna lágrima. Limpió como pudo los restos de raya de ojos y las manchas oscuras que se habían formado alrededor de sus ojos.
De vez en cuando el conductor miraba a través del espejo, pero no se atrevió a decir nada.
Guardó el pañuelo y el espejo en el bolso.
A su mente volvieron imágenes de las horas pasadas. Un local. Luces y destellos. Aquellos ojos verdes. El chico acercándose. El trayecto hacia algún lugar en otro taxi abrazada a alguien. Besos en un ascensor. Una cama con unas sábanas de seda. Más besos y enredos entre esas sábanas. Una sonrisa apareció en sus labios. El taxi paró.
- Seis dólares y cincuenta centavos.
Le dejó siete dólares y salió del coche. Seguía lloviendo, y ella seguía sonriendo.
Un clavo saca a otro, y en la gran manzana, se esconden muy bien los secretos.
Por Jesús González Cuartero.
Llevaba los tacones en la mano. Las medias empezaban a mojarse por el agua. Abrió su bolso y empezó a rebuscar algo dentro. Al momento, un taxi paró en la calzada. Levantó la cabeza y vio al coche esperando. Dejó de buscar en el bolso y bajó los cinco escalones corriendo hasta la acera y se metió con rapidez en el vehículo.
- A la Sexta con la 67 por favor.
El taxista arrancó el coche y se puso en marcha. La lluvia se veía caer a través de la luz de las farolas. El reloj en su muñeca marcaba las cinco menos diez.
Volvió a abrir la cremallera del bolso y sacó entonces un pañuelo y un pequeño espejo. Se secó un poco la cara de las gotas de lluvia y con ellas, alguna lágrima. Limpió como pudo los restos de raya de ojos y las manchas oscuras que se habían formado alrededor de sus ojos.
De vez en cuando el conductor miraba a través del espejo, pero no se atrevió a decir nada.
Guardó el pañuelo y el espejo en el bolso.
A su mente volvieron imágenes de las horas pasadas. Un local. Luces y destellos. Aquellos ojos verdes. El chico acercándose. El trayecto hacia algún lugar en otro taxi abrazada a alguien. Besos en un ascensor. Una cama con unas sábanas de seda. Más besos y enredos entre esas sábanas. Una sonrisa apareció en sus labios. El taxi paró.
- Seis dólares y cincuenta centavos.
Le dejó siete dólares y salió del coche. Seguía lloviendo, y ella seguía sonriendo.
Un clavo saca a otro, y en la gran manzana, se esconden muy bien los secretos.
Por Jesús González Cuartero.
lunes, 23 de abril de 2012
Reflejos
El niño se detuvo ante aquel escaparate. Allí vio algo que le llamó la atención.
Medíría alrededor de un metro veinte. Tenía el pelo castaño oscuro y un tirabuzón se le hacía en el flequillo. Sus ojos color avellana dejaban ver la alegría e inocencia de aquel chico. Tendría seis o siete años, ocho como mucho.
- ¡Papá!- llamó el niño
Su padre se dio la vuelta y entonces se dio cuenta de que se había retrasado.
-¿Qué haces allí?- preguntó- Vamos, que se hace tarde- añadió mientras volvía a recoger al chico.
-Papá, ya se como quiero ser de mayor, mira- dijo señalando a un objeto en aquella tienda.
El padre se acercó y observó con atención lo que señalaba su hijo. Observó en aquel espejo el reflejo del niño, sonriendo y señalando a sí mismo.
-Seguro que lo conseguirás, y yo estaré a tu lado para ayudarte a serlo. Vamos- dijo sonriendo- se nos hace tarde.
Entonces, padre e hijo se cogieron de la mano, y siguieron su camino. Poco a poco anochecía sobre la ciudad.
Por Jesús González Cuartero.
Medíría alrededor de un metro veinte. Tenía el pelo castaño oscuro y un tirabuzón se le hacía en el flequillo. Sus ojos color avellana dejaban ver la alegría e inocencia de aquel chico. Tendría seis o siete años, ocho como mucho.
- ¡Papá!- llamó el niño
Su padre se dio la vuelta y entonces se dio cuenta de que se había retrasado.
-¿Qué haces allí?- preguntó- Vamos, que se hace tarde- añadió mientras volvía a recoger al chico.
-Papá, ya se como quiero ser de mayor, mira- dijo señalando a un objeto en aquella tienda.
El padre se acercó y observó con atención lo que señalaba su hijo. Observó en aquel espejo el reflejo del niño, sonriendo y señalando a sí mismo.
-Seguro que lo conseguirás, y yo estaré a tu lado para ayudarte a serlo. Vamos- dijo sonriendo- se nos hace tarde.
Entonces, padre e hijo se cogieron de la mano, y siguieron su camino. Poco a poco anochecía sobre la ciudad.
Por Jesús González Cuartero.
sábado, 14 de abril de 2012
domingo, 8 de abril de 2012
Soledad
"A día de hoy, aún se me acelera el corazón. Y es que parece que a pesar de todas las tormentas y tempestades, aún no has desaparecido del todo."
Dejó la servilleta de papel escrita sobre la mesa, con la esperanza de que el destinatario de aquellas palabras la encontrara.
Por Jesús González Cuartero
Dejó la servilleta de papel escrita sobre la mesa, con la esperanza de que el destinatario de aquellas palabras la encontrara.
Por Jesús González Cuartero
miércoles, 21 de marzo de 2012
Recuerdos y café
Recuerdos que se agolpan en mi mente. Azotan mi realidad como un vendaval.
Pensaba que aquel día había huido de mi mente. Sin embargo, el olor de tu colonia lo recuperó del abismo.
Viniste a mí inesperadamente. A pesar de la oscuridad del bar, tu mirada me hipnotizó sin previo aviso. Nos pusimos a bailar y te robé un beso.
Recuerdo aquellas veces que quedamos, donde nos dejamos volar los dos juntos. Todo aquello era más que una amistad.
Pero la chispa poco a poco se fue apagando, perdimos el interés. Un día, mi corazón no aguantó más. Pusimos fin a aquellos meses tan maravillosos.
En mi interior albergaba la esperanza de que algún día, el destino nos volvería a cruzar.
Han pasado los años, y varias páginas en el libro de mi historia.
Nos hemos cruzado. Estamos sentados el uno frente al otro. Nuestras tazas de café están vacías. Tus ojos siguen igual que los recuerdo. En tu pelo y barba aparece alguna cana. Sigues hablando. Y yo, sigo mirándote.
De repente, se hace el silencio. Sonrío.
Sin darme tiempo a reaccionar, eres tú el que ahora me roba un beso.
Por Jesús González Cuartero
Pensaba que aquel día había huido de mi mente. Sin embargo, el olor de tu colonia lo recuperó del abismo.
Viniste a mí inesperadamente. A pesar de la oscuridad del bar, tu mirada me hipnotizó sin previo aviso. Nos pusimos a bailar y te robé un beso.
Recuerdo aquellas veces que quedamos, donde nos dejamos volar los dos juntos. Todo aquello era más que una amistad.
Pero la chispa poco a poco se fue apagando, perdimos el interés. Un día, mi corazón no aguantó más. Pusimos fin a aquellos meses tan maravillosos.
En mi interior albergaba la esperanza de que algún día, el destino nos volvería a cruzar.
Han pasado los años, y varias páginas en el libro de mi historia.
Nos hemos cruzado. Estamos sentados el uno frente al otro. Nuestras tazas de café están vacías. Tus ojos siguen igual que los recuerdo. En tu pelo y barba aparece alguna cana. Sigues hablando. Y yo, sigo mirándote.
De repente, se hace el silencio. Sonrío.
Sin darme tiempo a reaccionar, eres tú el que ahora me roba un beso.
Por Jesús González Cuartero
jueves, 15 de marzo de 2012
Última página
- Ha sido un placer. Te quiero.
Dejó la pluma sobre la mesa.
Así terminaba su historia de amor.
Por Jesús González Cuartero
Dejó la pluma sobre la mesa.
Así terminaba su historia de amor.
Por Jesús González Cuartero
lunes, 5 de marzo de 2012
Sideral
- Una, dos, tres, cuatro....
- ¿De verdad piensas contarnos a todas?- le interrumpió. - Somos infinitas.
- Lo sé, pero tengo toda la eternidad y a ti a mi lado.
Polaris y Yildun brillaron más fuerte. Juntas, empezaron a contar de nuevo.
Por Jesús González Cuartero
- ¿De verdad piensas contarnos a todas?- le interrumpió. - Somos infinitas.
- Lo sé, pero tengo toda la eternidad y a ti a mi lado.
Polaris y Yildun brillaron más fuerte. Juntas, empezaron a contar de nuevo.
Por Jesús González Cuartero
lunes, 27 de febrero de 2012
Acompañado
La habitación está oscura. El silencio reina alrededor y, sin embargo no estoy tranquilo. Permanezco tumbado en la cama, tapado con el edredón y aún así, siento mucho frío.
Respiro lo más relajadamente posible.
Siento su presencia. No sé dónde puede estar, pero sé que está aquí. Siento su aura y esencia acompañándome.
Se me acelera el corazón. Siento los latidos por todo el cuerpo.
Seguro que ya me ha encontrado.
Siento su mirada clavarse en mí. Ya sé de dónde viene esa sensación gélida.
Lo noto mucho más cerca. Consigo saber que está detrás de mí, a mi espalda, tumbado junto a mí.
Un escalofrío me recorre toda la columna. Me armo de valor y me doy la vuelta.
En la penumbra consigo ver al culpable de tan indeseada sensación. No mide más de treinta centímetros y su cuerpo está recubierto de un pelaje áspero y ocre. Sus ojos son tan negros como el azabache.
Nunca más verá la luz del sol.
Por Jesús González Cuartero
Respiro lo más relajadamente posible.
Siento su presencia. No sé dónde puede estar, pero sé que está aquí. Siento su aura y esencia acompañándome.
Se me acelera el corazón. Siento los latidos por todo el cuerpo.
Seguro que ya me ha encontrado.
Siento su mirada clavarse en mí. Ya sé de dónde viene esa sensación gélida.
Lo noto mucho más cerca. Consigo saber que está detrás de mí, a mi espalda, tumbado junto a mí.
Un escalofrío me recorre toda la columna. Me armo de valor y me doy la vuelta.
En la penumbra consigo ver al culpable de tan indeseada sensación. No mide más de treinta centímetros y su cuerpo está recubierto de un pelaje áspero y ocre. Sus ojos son tan negros como el azabache.
Nunca más verá la luz del sol.
Por Jesús González Cuartero
jueves, 2 de febrero de 2012
Microcuento
-Me has hecho daño.
-Tranquila, no volveré a hacerlo.
Salió una gota de sangre del cuello de la muchacha. El vampiro dio otro mordisco. Ella no sabía que estaba a punto de ser devorada.
Por Jesús González Cuartero
-Tranquila, no volveré a hacerlo.
Salió una gota de sangre del cuello de la muchacha. El vampiro dio otro mordisco. Ella no sabía que estaba a punto de ser devorada.
Por Jesús González Cuartero
sábado, 14 de enero de 2012
13 de enero
Despertó. Sabía que aquella mañana daría un gran paso en su vida. Se puso unos pantalones beige y un jersey negro azabache. Bronceó su cara con polvos y pintó sus ojos. Cualquier reina a su lado parecería una simple doncella.
Él también despertó. Sabía que aquel día también sería importante. Salió de la cama. Se lavó la cara y se arregló un poco el pelo. Se vistió y se puso finalmente una sudadera amarilla.
Allí se encontraron. Sonrieron. Se besaron. Era como si se conociesen desde antes de nacer. Seguían sonriendo. Ella esperaba ansiosa. Él aguardaba nervioso. Comenzaron a hablar. No levantaron la voz. No se enfadaron. Se dijeron todo lo que sentían en aquel momento y lo que venían sintiendo meses atrás.
Entonces, sus caras cambiaron.
Era una despedida.
No era un hasta nunca. Ni era un adiós para siempre. Era un "pronto volveremos a encontrarnos". Un "siempre te llevaré en mi corazón".
-Has sido lo mejor que me ha pasado desde hace tiempo.
A pesar de ser enero, el sol lucía con fuerza. Las hojas de los árboles volaban a su alrededor. Se cogieron de las manos. Ella comenzó a llorar. El apretó sus manos y le regalo el último de sus besos. Las lágrimas corrían por las mejillas.
El viento silbó y el sol brilló como en el más feliz cuento de hadas.
En aquel banco de piedra, siempre quedará la mejor muestra de cariño que ninguno de los dos olvidará jamás.
Por Jesús González Cuartero
Él también despertó. Sabía que aquel día también sería importante. Salió de la cama. Se lavó la cara y se arregló un poco el pelo. Se vistió y se puso finalmente una sudadera amarilla.
Allí se encontraron. Sonrieron. Se besaron. Era como si se conociesen desde antes de nacer. Seguían sonriendo. Ella esperaba ansiosa. Él aguardaba nervioso. Comenzaron a hablar. No levantaron la voz. No se enfadaron. Se dijeron todo lo que sentían en aquel momento y lo que venían sintiendo meses atrás.
Entonces, sus caras cambiaron.
Era una despedida.
No era un hasta nunca. Ni era un adiós para siempre. Era un "pronto volveremos a encontrarnos". Un "siempre te llevaré en mi corazón".
-Has sido lo mejor que me ha pasado desde hace tiempo.
A pesar de ser enero, el sol lucía con fuerza. Las hojas de los árboles volaban a su alrededor. Se cogieron de las manos. Ella comenzó a llorar. El apretó sus manos y le regalo el último de sus besos. Las lágrimas corrían por las mejillas.
El viento silbó y el sol brilló como en el más feliz cuento de hadas.
En aquel banco de piedra, siempre quedará la mejor muestra de cariño que ninguno de los dos olvidará jamás.
Por Jesús González Cuartero
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