Despertó. Sabía que aquella mañana daría un gran paso en su vida. Se puso unos pantalones beige y un jersey negro azabache. Bronceó su cara con polvos y pintó sus ojos. Cualquier reina a su lado parecería una simple doncella.
Él también despertó. Sabía que aquel día también sería importante. Salió de la cama. Se lavó la cara y se arregló un poco el pelo. Se vistió y se puso finalmente una sudadera amarilla.
Allí se encontraron. Sonrieron. Se besaron. Era como si se conociesen desde antes de nacer. Seguían sonriendo. Ella esperaba ansiosa. Él aguardaba nervioso. Comenzaron a hablar. No levantaron la voz. No se enfadaron. Se dijeron todo lo que sentían en aquel momento y lo que venían sintiendo meses atrás.
Entonces, sus caras cambiaron.
Era una despedida.
No era un hasta nunca. Ni era un adiós para siempre. Era un "pronto volveremos a encontrarnos". Un "siempre te llevaré en mi corazón".
-Has sido lo mejor que me ha pasado desde hace tiempo.
A pesar de ser enero, el sol lucía con fuerza. Las hojas de los árboles volaban a su alrededor. Se cogieron de las manos. Ella comenzó a llorar. El apretó sus manos y le regalo el último de sus besos. Las lágrimas corrían por las mejillas.
El viento silbó y el sol brilló como en el más feliz cuento de hadas.
En aquel banco de piedra, siempre quedará la mejor muestra de cariño que ninguno de los dos olvidará jamás.
Por Jesús González Cuartero
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