La habitación está oscura. El silencio reina alrededor y, sin embargo no estoy tranquilo. Permanezco tumbado en la cama, tapado con el edredón y aún así, siento mucho frío.
Respiro lo más relajadamente posible.
Siento su presencia. No sé dónde puede estar, pero sé que está aquí. Siento su aura y esencia acompañándome.
Se me acelera el corazón. Siento los latidos por todo el cuerpo.
Seguro que ya me ha encontrado.
Siento su mirada clavarse en mí. Ya sé de dónde viene esa sensación gélida.
Lo noto mucho más cerca. Consigo saber que está detrás de mí, a mi espalda, tumbado junto a mí.
Un escalofrío me recorre toda la columna. Me armo de valor y me doy la vuelta.
En la penumbra consigo ver al culpable de tan indeseada sensación. No mide más de treinta centímetros y su cuerpo está recubierto de un pelaje áspero y ocre. Sus ojos son tan negros como el azabache.
Nunca más verá la luz del sol.
Por Jesús González Cuartero
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