Esperaba en la puerta del edificio. La lluvia caía con fuerza. Nadie había en la calle.
Llevaba los tacones en la mano. Las medias empezaban a mojarse por el agua. Abrió su bolso y empezó a rebuscar algo dentro. Al momento, un taxi paró en la calzada. Levantó la cabeza y vio al coche esperando. Dejó de buscar en el bolso y bajó los cinco escalones corriendo hasta la acera y se metió con rapidez en el vehículo.
- A la Sexta con la 67 por favor.
El taxista arrancó el coche y se puso en marcha. La lluvia se veía caer a través de la luz de las farolas. El reloj en su muñeca marcaba las cinco menos diez.
Volvió a abrir la cremallera del bolso y sacó entonces un pañuelo y un pequeño espejo. Se secó un poco la cara de las gotas de lluvia y con ellas, alguna lágrima. Limpió como pudo los restos de raya de ojos y las manchas oscuras que se habían formado alrededor de sus ojos.
De vez en cuando el conductor miraba a través del espejo, pero no se atrevió a decir nada.
Guardó el pañuelo y el espejo en el bolso.
A su mente volvieron imágenes de las horas pasadas. Un local. Luces y destellos. Aquellos ojos verdes. El chico acercándose. El trayecto hacia algún lugar en otro taxi abrazada a alguien. Besos en un ascensor. Una cama con unas sábanas de seda. Más besos y enredos entre esas sábanas. Una sonrisa apareció en sus labios. El taxi paró.
- Seis dólares y cincuenta centavos.
Le dejó siete dólares y salió del coche.
Seguía lloviendo, y ella seguía sonriendo.
Un clavo saca a otro, y en la gran manzana, se esconden muy bien los secretos.
Por Jesús González Cuartero.
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