"Cuando quieres algo, todo el Universo conspira para que realices tu deseo."
El Alquimista, Paulo Coelho

lunes, 25 de junio de 2012

Café vidrioso

Llegó a la puerta del café. Antes de entrar, miró su reflejo en un portal y se quitó con los dedos algunos rastros de lágrimas que quedaban por su rostro. Ensayó su mejor sonrisa y se volvió a colocar las gafas de sol.  Las puertas automáticas se abrieron con su presencia. Se quitó las gafas de sol y allí lo vio, sentado en una mesa, esperando. Se acercó sonriendo a la mesa y se saludaron.
-Hola- saludó levantándose de la silla y tendiéndole la mano.
-Hola, ¿qué tal?- contestó dándole dos besos en las mejillas. Ambos se sentaron y al poco tiempo acudió una camarera.
-Buenas tardes, ¿qué van a tomar?
-Yo un cortado, ¿y tú? - preguntó mirando a su acompañante.
-Un solo descafeinado, por favor- contestó dirigiéndose a la camarera.
-Ahora mismo se lo traigo.
La chica se alejó. La situación no cambió mucho. Ambos miraban para uno y otro lado, evitando cruzar las miradas. A pesar de la sonrisa ensayada, se podía ver en sus ojos la tristeza reflejada. Por fin trajeron sus cafés. Se pusieron azúcar y dieron algún trago. De repente, el que había estado esperando en la mesa empezó a hablar:
-Bueno, no se si lo sabrás pero...
-¿El qué sé?- dijo interrumpiéndole - Ah ya, eso. Sí, lo sé. Por eso estamos aquí, ¿no?
La gente entraba y salía del local. La música jazz sonaba ambientando el lugar.
-Sólo quiero que sepas que nunca he querido hacerte daño, y que eres una persona maravillosa y te aprecio un montón.
-Sí. Todo eso ya me lo has dicho, muchas veces. Supongo que es verdad, ¿no?- esperó unos segundos y se acabó la taza de café- Yo sólo quiero que sepas que no soy como el resto, y que mientras muchos te van a mentir diciendo que se alegran, yo lo único que haré será decirte la verdad, aunque ya la sabes. Me gustas, y nada ni nadie cambiará eso- rebuscó en su cartera un euro y lo sacó. Lo puso sobre la mesa con fuerza- Ha sido un placer conocerte, de los más grandes de mi vida. Y que te deseo lo mejor, que seas muy feliz.
Se levantó, le dio la mano y otros dos besos. Recogió sus cosas y añadió:
-Nunca encontrarás a nadie como yo. Soy más de lo que necesitas- dijo con un fuerte temblor en la voz. Se dio media vuelta y se colocó las gafas de sol a tiempo de que alguien viera sus ojos vidriosos.

Por Jesús González Cuartero

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