Apareció la primera estrella de la noche que poco a poco dio paso a todas las demás. Poco a poco, el cielo comenzó a ponerse grisáceo y cayeron los primeros copos de nieve. La noche era muy fría.
Unos pasos se oían a toda prisa corriendo por la calle, directo a las puertas del castillo. Allí, en torno a algo tumbado en el suelo, empezaba a acumularse gente.
Pasó entre todos ellos abriéndose paso a codazos y empujones. Ahí estaba, tirado en el suelo. Con una de sus manos, agarraba la flecha que lo había atravesado.
Lo vio en aquel estado y se tapó la boca con una mano. Con todo el valor que pudo, se puso de rodillas junto a él y le acarició con suavidad una mejilla.
El chico abrió los ojos con lentitud.
-Eh, eh- dijo ella con suavidad mientras él acercó una mano a su mejilla, por la que caía una lágrima.-Ya estoy aquí.
-Hola- contestó con una pequeña sonrisa en los labios- creo que me han acertado con una flecha.
-No te preocupes, te pondrás bien- dijo al tiempo que agarraba su mano.
-No, sabes que aquí acaba- comenzó a toser.- Te quiero- dijo con un hilo de voz.
Las lágrimas empezaron a deslizarse por ambas mejillas.
-Te amo- contestó ella.
Acercó sus labios a los de él y le dio el último beso.
La nieve comenzó a caer un poco más fuerte.
Allí, bajo las puertas del Castillo Crisel y arropados por un grupo de arqueros y algunos habitantes de la ciudadela, ambos enamorados se dijeron adiós para siempre.
Por Jesús González Cuartero.
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