El coche se detuvo en la calzada. El ruido del motor cesó de repente. Fuera, en la calle, las farolas alumbraban la oscuridad. De las casas de ambos lados salían tenues y cálidas luces. Se quedó mirando un momento por su ventanilla hasta que rompió el silencio.
-Entonces,- me dijo con lentitud- aquí acaba todo.- Empezó a temblarle la voz.- No hemos llegado a tener nada, pero, aquí acaba todo.
Asentí en silencio, con un tremendo sentimiento de culpa.
-¿Puedo al menos despedirme?- preguntó. Las lágrimas empezaron a acumularse en sus ojos, tan oscuros como la noche que había ese día.
No le dí tiempo a reaccionar, porque me acerqué y le di un beso. Sus lágrimas cayeron por las mejillas hasta llegar a nuestros labios.
Recuerdo sus manos por detrás de mi cabeza acariciándome el pelo y el cuello.
Cuando terminó, abrió la puerta del coche y salió a la peatonal.
Me costó mucho arrancar el coche.
La visión de verle alejándose con las manos en los bolsillos del abrigo y la cabeza gacha en aquella noche tan oscura y fría aún me atormenta algunas noches.
Por Jesús González Cuartero.