"Cuando quieres algo, todo el Universo conspira para que realices tu deseo."
El Alquimista, Paulo Coelho
sábado, 30 de marzo de 2013
jueves, 28 de marzo de 2013
Cita para uno
Encendió la última vela perfumada y echó un vistazo rápido al piso. Salió al pasillo y llamó al ascensor. Cuando las puertas automáticas se abrieron, entró y pulsó el botón de la planta baja. Salió a la calle.
Fuera, los coches iban y veían por la gran avenida, los peatones llevaban sus cafés de un lado para otro. Otros iban hablando por el móvil o escuchando música con los auriculares puestos.
Miró el reloj. Las cinco en punto de la tarde.
Entró de nuevo a su edificio, por la puerta giratoria. El portal estaba bien iluminado, una alfombra de terciopelo rojo cubría el frío suelo de la sala. Saludó al portero, que permanecía en la portería leyendo el New York Times de ese día.
Esperó a que el ascensor se abriese y una vez vez hubo entrado en él, pulsó el botón de la planta diecisiete. El ascensor era muy opulento. Un gran espejo en una de las paredes y otra alfombra roja en el suelo. En otra de las paredes, un candelabro eléctrico iluminaba con luz cálida el habitáculo. Se detuvo, indicando con una voz de mujer el piso diecisiete.
Salió y se dirigió la puerta D. El portal emanaba un ligero olor a lavanda, que se hacía más intenso a medida que se acercaba al apartamento. Perfecto.
Abrió la puerta. El lugar estaba iluminado con una tenue luz, las velas perfumaban el lugar con olor a lavanda y rosas. Dejó el abrigo en un perchero estratégicamente colocado al lado de la puerta. Perfecto.
En el salón, una mesa perfectamente preparada. Una silla frente a otra. Mesa para dos. Tres platos en cada lado y cuatro cubiertos para cada posible comensal. Seis copas de cristal de bohemia brillaban con la luz de las velas. Perfecto.
El perfume a lavanda y rosas dejó paso al exquisito olor de la cena. Miró el reloj, las cinco y 10 de la tarde. Empezó a sonar de manera espontánea una voz de hombre. En el tocadiscos, Michael Bublé había empezado a cantar. El volumen de la música era suave, para poder conversar. Perfecto.
Probó uno a uno cada plato. Todos al punto de sal, a la temperatura adecuada. El vino era de excelente calidad. Perfecto.
Cuando hubo terminado de cenar, esperó un momento aún sentado a la mesa. Comenzó a sonar "Save the last dance for me" Tomó una mano imaginaria y se puso a bailar en el centro del salón. La alfombra amortiguaba el sonido de los zapatos en la madera. Perfecto.
Cuando terminó la canción, se sentó en el sofá. El disco había terminado. El ambiente era perfecto para seguir conversando.
Lo había planeado todo al detalle, estaba muy cerca de la cita perfecta.
Y cuando lo hubiese conseguido, estaría preparado para invitar a la persona adecuada.
Por Jesús González Cuartero.
Fuera, los coches iban y veían por la gran avenida, los peatones llevaban sus cafés de un lado para otro. Otros iban hablando por el móvil o escuchando música con los auriculares puestos.
Miró el reloj. Las cinco en punto de la tarde.
Entró de nuevo a su edificio, por la puerta giratoria. El portal estaba bien iluminado, una alfombra de terciopelo rojo cubría el frío suelo de la sala. Saludó al portero, que permanecía en la portería leyendo el New York Times de ese día.
Esperó a que el ascensor se abriese y una vez vez hubo entrado en él, pulsó el botón de la planta diecisiete. El ascensor era muy opulento. Un gran espejo en una de las paredes y otra alfombra roja en el suelo. En otra de las paredes, un candelabro eléctrico iluminaba con luz cálida el habitáculo. Se detuvo, indicando con una voz de mujer el piso diecisiete.
Salió y se dirigió la puerta D. El portal emanaba un ligero olor a lavanda, que se hacía más intenso a medida que se acercaba al apartamento. Perfecto.
Abrió la puerta. El lugar estaba iluminado con una tenue luz, las velas perfumaban el lugar con olor a lavanda y rosas. Dejó el abrigo en un perchero estratégicamente colocado al lado de la puerta. Perfecto.
En el salón, una mesa perfectamente preparada. Una silla frente a otra. Mesa para dos. Tres platos en cada lado y cuatro cubiertos para cada posible comensal. Seis copas de cristal de bohemia brillaban con la luz de las velas. Perfecto.
El perfume a lavanda y rosas dejó paso al exquisito olor de la cena. Miró el reloj, las cinco y 10 de la tarde. Empezó a sonar de manera espontánea una voz de hombre. En el tocadiscos, Michael Bublé había empezado a cantar. El volumen de la música era suave, para poder conversar. Perfecto.
Probó uno a uno cada plato. Todos al punto de sal, a la temperatura adecuada. El vino era de excelente calidad. Perfecto.
Cuando hubo terminado de cenar, esperó un momento aún sentado a la mesa. Comenzó a sonar "Save the last dance for me" Tomó una mano imaginaria y se puso a bailar en el centro del salón. La alfombra amortiguaba el sonido de los zapatos en la madera. Perfecto.
Cuando terminó la canción, se sentó en el sofá. El disco había terminado. El ambiente era perfecto para seguir conversando.
Lo había planeado todo al detalle, estaba muy cerca de la cita perfecta.
Y cuando lo hubiese conseguido, estaría preparado para invitar a la persona adecuada.
Por Jesús González Cuartero.
martes, 5 de marzo de 2013
Acariciando Nuestra Piel
De vez en cuando es bueno saltar
y tropezar. Sentir el roce del suelo en las rodillas y el escozor que causa la
herida, sentir la sangre realizarse por tu piel.
De vez en cuando es bueno correr
bajo la lluvia. Sentir el agua calar la ropa y cada uno de tus huesos, saltar
en los charcos y tiritar mientras se mojan los dedos de los pies.
De vez en cuando es bueno llorar,
dejar correr como un hilo de agua las imágenes que han pasado por tu retina que
no quieres seguir recordando.
Pero siempre es bueno saltar y
dejarse llevar, volar más allá de donde podamos imaginar. Porque no hay mejor
sensación que la del viento acariciando nuestra piel.
Por Jesús González Cuartero
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