Vas caminando a mi lado. El parque está tranquilo. Llevas las manos
metidas en los bolsillos del abrigo y das pequeñas patadas a las piedras del
suelo mientras hablas.
No te
estoy escuchando. Simplemente con mirarte, lo tengo todo.
-¿O
no?- preguntas girando la cabeza y mirándome.
Sonrío
y me sonrojo. "No se qué me has preguntado", pienso.
De
repente empieza a llover y te sorprendes. Miras hacia el cielo y te ríes. Me
miras. Te miro. Y sin pensarlo, te doy un beso. Siento cómo necesitas ponerte
de puntillas. Mis manos alrededor de tu espalda. Las tuyas, alrededor de mi
cuello. Las gotas de agua caen por nuestras mejillas.
-Creo
que nos vamos a mojar- dices separándote un poco.
-Ven-
te digo mientras te cojo la mano y echo a correr.
Empezamos
a reír como dos tontos. La lluvia cae cada vez más fuerte, y la ropa cada vez
está más mojada.
Llegamos
al portal. Los abrigos empiezan a escurrir y a dejar el suelo resbaladizo.
Entras conmigo en el ascensor. Te acaricio una mejilla mojada. Otro beso.
Al
llegar a casa, la chimenea está encendida, pero no vamos a necesitar el calor
del fuego.
Por
Jesús González Cuartero