Empiezan a recoger la pasarela y cierran la puerta. Las turbinas giran de manera descontrolada al instante en que los motores rugen y el agua comienza a burbujear.
Poco a poco, el barco se separa del muelle.
Y aquí estoy yo, apoyado en la barandilla de madera. Mis ojos empiezan a humedecerse, y en la lejanía, noto que los tuyos también. Abajo, estás tú, de pie al lado de tu maleta, mirándome fijamente y despidiéndome con los ojos. No hay nadie más contigo.
El barco se aleja y te veo decir adiós. Sin poner remedio, las lágrimas brotan de mis ojos y te digo adiós yo también.
Lentamente, esta bonita historia se aleja.
Por Jesús González Cuartero
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