Hace frío pero la calle está llena de gente paseando. En la oscuridad de la noche bañada por la luz de las farolas se ve el vapor de las bocas respirando. Bufandas al aire, manos en los bolsillos y manos, cogidas a otras manos.
Una mirada helada a través de unas gafas de color marrón se detiene en la mía. Unos ojos grises que me envuelven y revuelven mi mente inmersa en alguna canción de mis auriculares.
Todo se detiene. Siento que la música se apaga y la gente a mi alrededor desaparece.
A medida que nos vamos acercando tus ojos comienzan a bajar mientras los míos suben, como si fuese imposible dejar de mirarnos. Algo nos hace imposible evitarnos la mirada. Pasas a mi lado y nuestras pupilas siguen mirándose.
Nos cruzamos. No quiero darme la vuelta para seguir mirándote. Pero lo hago. A los tres segundos. Me giro. Pero ha sido demasiado tarde porque en vez de volver a ver ese tono gris a través de las gafas color marrón, lo único que veo es cómo vuelves a girar la cabeza hacia delante.
Porque tú sí diste la vuelta a tiempo.
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