Soy fuerte. O no. Creo que lo soy y me lo digo. Pero dentro de mí en algún rincón oscuro donde no puedo llegar, en un escondite que no consigo encontrar, hay algo que me hace caer. Y la fortaleza que creo que he construido se derrumba. Se derrumba igual que un castillo de barajas con una suave brisa. Se hunde igual que un barco de papel en una corriente.
Esa voz escondida se hace oír más de lo que me gustaría. Aparece cuando la fortaleza está a punto del incendio. Aparece y grita un domingo por la tarde. Grita muy fuerte cuando siento la soledad abalanzarse sobre mí. Es pequeña y está escondida, pero es horrible sentirla hacerse más y más grande. Me aplasta. Me aplasta desde dentro. Me oprime el pecho y el estómago. Me golpea la cabeza y la conciencia. Hace flotar inseguridades, hace flotar preguntas que me golpean. Y me golpean la voluntad.
Y entre todo lo que surge en la debilidad, estás tú.
Todo en el segundo invierno en Madrid. El frío calaba los huesos y helaba las pestañas. Cuando miré hacia el nombre de la calle y leí el de algún torero te oí preguntarme hacia donde miraba. Y miré hacia ti. Eras tú. La primera vez que nos veíamos. Un año después de haber intercambiado mensajes, estaba delante de ti. Y ahí comenzaron las cenas, los cines y los paseos. Más mensajes y llamadas.
Y ahora que no he conseguido olvidarte sigues volando en mi cabeza. Sigue flotando aquella acuarela que pinté, y que en aquel momento de rabia rompí en cien trocitos de papel.
La voz escondida me recuerda que quise respirar cada centímetro de tu piel. Que quise embriagarme de tu perfume. Quise saciar toda esa sed, quise dormir en la luz de las farolas reflejada en tus ojos. Quise ir contigo donde el viento da la vuelta y girar y volar. Beber contigo el aire y la luz. Y bailar.
Bailar como aquella tarde en tu casa.
Aquella tarde cuando volvimos de ver tu película favorita. Y de comer en aquel restaurante en aquella callejuela. Y después de bailar me invitaste a cenar. Me hice el sorprendido cuando al salir del restaurante a la noche de Madrid dijiste: “¿Quieres subir a casa?”. Mi corazón se puso a correr, mi mente a volar y mis ojos a brillar. Me cogiste para llevarme al dormitorio y me abrazaste durante toda la noche.
Pero un día no conseguí descifrar tus miradas en el vagón. Parecías querer decir algo pero tener miedo. O querer memorizar hasta la última de mis pecas. Tu mente ya sabía el desenlace. La mía tiritaba acelerada.
Pasaron los meses, y supe más de ti. La voz gritaba y gritaba. Y bailaba cuando me acostaba y me despertaba con lágrimas en los ojos. Se hacía grande casi todos los días.
Tanto gritaba, que aquella noche de verano cuando nos cruzamos casi me arranca el corazón del pecho. La voz siempre me relatará aquella noche. Me describirá el color de mi pelo, contará las rayas de mi camisa y me recordará que te vi con alguien de la mano.
La voz me repetirá una y otra vez que lo volvimos a intentar. Que volvimos a intercambiar mensajes y fotos casi un año después. Y que volvimos a cenar sushi y a prometernos planes que nunca vieron la luz.
La voz me recordará una y otra vez cuantas cosas perdimos.
Perdimos el viento en la cara, los pétalos de los cerezos y los almendros y las tardes anaranjadas.
Perdimos la lluvia en los tejados, el césped en la espalda y Velázquez en El Prado.
Perdimos un menade, mil anocheceres, un musical y 1917.
Perdimos tus manos en mis manos, una película italiana y el aire en la cara. Un proyecto del verano y otros otoños.
Perdimos tus labios en mis labios, el verde de los parques y canciones en la radio.
Perdimos paseos de la mano, noches entre las sábanas y besos en la nuca.
Y la voz que se esconde, que se regocija en un rincón inalcanzable, que grita cuando estoy débil, que se pasea arañándome por dentro, esa voz siempre me recordará que todas las cosas las perdimos en primavera.
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